La Torá está repleta de prohibiciones en contra de adorar ídolos en todas sus diferentes formas. En una primera lectura, esto es sorprendente. ¿Acaso realmente deseamos afeitarnos los lados de nuestro rostro para mitigar el temperamento de cierto dios? ¿Realmente parece probable que estatuas de madera o de piedra tengan algún poder real? La idolatría, a primera vista, es algo evidentemente absurdo. Sin embargo, la Torá está llena de advertencias en contra, y además, detalla serias consecuencias para individuos o comunidades que se dejan llevar por ella.

¿Cómo podemos entender esto?

Nos enseñan que, en una época, el deseo de adorar ídolos era tan fuerte como todo el resto de nuestros deseos. Era una necesidad física que ardía dentro de nosotros; necesitábamos reprimirla o sublimarla. Pero el pueblo judío seguía fallando la prueba. El impulso era demasiado poderoso.

De acuerdo al Talmud, nuestros sabios imploraron a los cielos. “Por favor Dios, arranca este deseo por la idolatría de nuestra naturaleza”. Y Dios les concedió su deseo. La idolatría ya no sería un deseo físico interno. Esa necesidad desapareció. Pero hubo un precio que pagar.

La otra cara de la moneda del deseo de adorar ídolos, es el intenso deseo de tener una relación con Dios. Esa hubiera sido la forma apropiada de redirigir la necesidad.

Ahora en cambio, ambos se han ido: el poderoso e irresistible deseo de adorar ídolos junto con el poderoso e irresistible deseo de conectarnos con nuestro Creador.

Sí, queremos una relación con Dios. Sí, sabemos que es bueno. Sí, sabemos que es reconfortante. Sí, sabemos que es correcto y verdadero. Pero ¿la anhelamos con pasión?

Tishá B’Av nos da la oportunidad de entender y sentir lo que perdimos. Nos permite dar un vistazo de la vida cuando todos anhelaban cercanía con Dios. Y nos da una visión del futuro. Tishá B’Av es una oportunidad para entender qué significa desear apasionadamente una relación con Dios y vivir con esa realidad.

Nos da una oportunidad para recapturar ese intenso deseo de forjar lazos con nuestro Creador. Pero ya no es más un regalo. Tenemos que trabajar para ello. Arduamente.

Tishá B’Av nos permite echar a andar este proceso. Cuando nos enfocamos en lo que perdimos, también visualizamos lo que puede llegar a ser en el futuro, y por lo tanto, nos inspiramos y luchamos para traer ese nuevo mundo a la existencia.

Tishá B’Av es un día de duelo, pero también es un momento de esperanza. El Templo será reconstruido. Solamente tenemos que canalizar nuestros deseos y realmente anhelarlo.