De acuerdo, me preparé. Hice introspección. Encontré en qué área trabajar. Tomé una decisión (no un compromiso a la ligera, sino una decisión). Y he aquí, un día después de Rosh HaShaná, y ya es difícil ponerla en práctica. ¿Soy un fracaso?

Sin revelar demasiados detalles personales, mi resolución implicaba realizar ciertas tareas específicas relacionadas con lo espiritual antes de comenzar con las otras tareas más mundanas de mi día. Pero mi mañana fue “una cosa lleva a la otra, y esa a la otra…”, como suele ocurrirnos a las madres.

Si mandas a una mamá a la cocina a buscar un biberón para el bebé, va a fijarse que hay platos que lavar. Cuando va a secar los platos, se va a dar cuenta que no hay toallas limpias y que necesita meter una carga a la lavadora. Cuando va a meter la ropa a la lavadora, va a ver que la secadora está llena de ropa que tiene que doblar y guardar. Cuando va a guardar la ropa, se va a dar cuenta que hay que hacer las camas y que hay que barrer el piso. Cuando barra el piso, va a ver basura que hay que sacar. Cuando saque la basura, va a ver que el jardín necesita ser podado… ah, y cuando vaya a rellenar ese biberón del comienzo, se va a dar cuenta que tienen poca leche y que tiene que ir a la tienda…

Y ya es mediodía y esa decisión sobre su vida espiritual (en este caso ¡la mía!) todavía no se ha realizado. ¡¡Y es el día después de Rosh HaShaná!! ¿Qué debe hacer una madre?

Afortunadamente tengo estos 10 Días de Teshuvá para evaluar, reevaluar y ajustar mi plan.

O me metí a la boca más de lo que podía masticar, o no anticipé todos los potenciales obstáculos en el camino, o quizás fue solamente una falta de fuerza de voluntad que me llevó a ceder ante la compulsión. Los viejos hábitos son difíciles de cambiar. Lidiar con lo físico es tanto más fácil —y simple—, y a pesar de que uno se eleva menos espiritualmente, obtiene una recompensa más inmediata. La ropa está limpia. El piso está brillante. El refrigerador está lleno. La cena está preparada.

El Shofar me llamó y yo estaba preparada. Tenía un plan. Había tomado una decisión. Podía cambiar. Hoy... estoy doblando ropa.

Cuán rápido perdemos el foco de lo que realmente importa, cuán rápido se desvanece ese sonido del Shofar. Tan sólo ayer estaba elevada. El Shofar me llamó y yo estaba preparada. Tenía un plan. Había tomado una decisión. Podía cambiar. Hoy... estoy doblando ropa.

Pero no tiene por qué ser así (¡otra persona podría doblar la ropa!). Yo podría mantenerme firme con mis resoluciones. Podría comenzar mis días con una nota más espiritual que, aunque sea difícil de implementar en el momento, realmente me acompañe a lo largo del día. Está disponible. Mi error fue pensar que era una decisión que se toma una sola vez.

Es una decisión que debemos tomar cuando suena el Shofar, pero no sólo cuando suena el Shofar. Es una elección que debemos hacer una y otra y otra vez, día tras día, momento tras momento. Voy a elevarme. Voy a enfocarme en lo espiritual. Voy a hacer de mi relación con Dios una prioridad. Los platos pueden esperar…

No rendirse es una elección. Sólo porque hoy lo hice de forma imperfecta (y puede que lo haga de forma imperfecta nuevamente mañana) no es razón suficiente para abandonar la batalla. Debo seguir intentándolo. Quizás mañana podré realizar unas cuantas tareas espirituales más antes de escuchar que la secadora se detuvo. Quizás al día siguiente podré retrasar ese viaje al supermercado unos cuantos minutos más para que mi día pueda tener un enfoque más espiritual. No es todo o nada. No es fracaso o éxito. Es dos pasos para adelante y uno para atrás, ¡y a veces dos para atrás y uno para adelante!

El Rey Shlomó nos enseña que una persona justa cae siete veces y se levanta. Y si incluso las personas justas caen una y otra vez, cuánto más nosotros. Todos caeremos, una y otra vez. El real logro es volver a levantarse.

Aún puedo escuchar ese Shofar en mi cabeza. Todavía resuena. Todavía puedo agregar componentes espirituales a mi día, y puedo agregarlos aún más temprano en la mañana. Puedo aprender a ignorar el desorden (y quizás debería analizar la posibilidad de que mi muchacha de limpieza venga más a menudo… después de todo, ¡es por mi bien espiritual!).