Todos tuvimos esta pesadilla alguna vez: salir de casa y darte cuenta que olvidaste vestirte; que quede expuesto que en verdad eres un fraude. Tememos estar simplemente desempeñando un papel y que si “el mundo” (nuestros empleadores, colegas, amigos e incluso la familia), descubre quiénes somos realmente, la relación acabe (después de todo, los demás son tan perfectos e infalibles que nunca podrían mantener una relación con un ser humano con defectos como nosotros).

Este problema sólo se ha intensificado en la era de las redes sociales y ahora recibió un nombre oficial: “El síndrome del impostor”, definido como un patrón psicológico en el que uno duda de sus logros y tiene un miedo persistente de ser expuesto como un “fraude”. A pesar de la evidencia externa de su competencia, quienes experimentan este fenómeno siguen convencidos de que ellos son un fraude y que no merecen todo lo que han logrado.

Y como lo atestiguan nuestras pesadillas, esto no es algo nuevo. A pesar de que nunca trabajé como abogada, todavía sigo soñando que no me gradué en la facultad de derecho… ¡y desde entonces ya pasaron 38 años! (Esto puede tener alguna relación con las malas calificaciones que recibí en el último año, pero ese es otro tema). Ese es el grado de debilidad de nuestra autoestima y nuestra tendencia a compararnos con otros y sentirnos en falta.

Como mencioné antes, las redes sociales contribuyen e intensifican esta inseguridad cuando vemos que otros presentan vidas y logros “perfectos”. Por más que sabemos la meticulosa edición a la que fue sometida esa presentación, nos dejamos engañar. Aunque sabemos que es similar a la falsa publicidad, de todos modos nos seduce.

¿Cómo podemos combatir este invasivo sentimiento de no valer nada? Hay muchos consejos prácticos, empezando por mantenernos lejos de las redes sociales. Podemos definirnos como 'estudiantes' en vez de 'expertos' y sentir placer por estar siempre aprendiendo y creciendo. Podemos disfrutar el trabajo duro y el esfuerzo invertido en nuestros logros y no medirlos con los de los demás. En definitiva, tenemos que ir más profundo y reconocer que no somos nuestra presentación externa, no somos nuestro perfil de Facebook ni nuestras fotos de Instagram. Somos almas con una relación con Dios.

Él nos creó y nosotros llevamos Su huella. Tener acceso a la chispa Divina que hay en nuestro interior construye la autoestima; conectarnos con Dios nos transforma. Si nos vemos a nosotros mismos como nuestros logros profesionales, nuestras elegantes vacaciones, las universidades que aceptan a nuestros hijos y nuestra popularidad social (todos esos eventos que pueblan una página de Facebook), podemos sentirnos bárbaro o podemos sentirnos inadecuados. Pero ambas cosas son una ilusión.

Porque nuestro yo verdadero y nuestro valor real provienen de las acciones de nuestra alma; de las veces que expresamos preocupación por los demás, cuando pusimos a otros antes que nosotros, cuando les entregamos, cuando trascendimos nuestras propias necesidades y deseos para trabajar en nuestra relación con otros seres humanos y con Dios mismo. No verás una lista de esos logros en ninguna publicación de las redes sociales. Y nunca te sentirás un impostor en esos silenciosos y anónimos momentos de entrega y conexión.