A mi esposo le gustan las palabras. Corrección: él ama las palabras. Le gustan tanto que un año para su cumpleaños le compré un diccionario etimológico. Realmente lo apreció (es lindo dar justo el regalo adecuado… ¡Pero le recordé que yo prefiero algo del departamento de joyería!). De inmediato comenzó a leerlo.

Le gusta leerme lo que le resulta particularmente interesante, a veces de noche, justo cuando me estoy quedando dormida. Como entenderán, yo no estoy tan fascinada como él… ¡Y sin embargo lo estoy! Porque incluso si no es algo que me parezca interesante, para él sí lo es. Si es importante para él, yo trato de hacer que sea importante para mí. Incluso cuando es un desafío. Incluso cuando es… aburrido (¡Nunca no me oyeron decir eso!).

Porque eso es parte del matrimonio, parte de la entrega, de crecer juntos. También estoy segura de que hay algunas ideas y pensamientos que comparto con él que él no exploraría por sí mismo, pero presta atención porque yo soy quien los comparte. Eso es parte del compromiso mutuo, y el precio no parece ser demasiado elevado.

Sin embargo, tampoco parece ser algo común.

Tengo una amiga que trabaja para una gran corporación. Con el objetivo de construir espíritu de equipo y lealtad a la compañía, tienen eventos familiares. Cada vez que ella intenta lograr que su esposo participe, él se niega. “Yo no trabajo para ellos”, le responde. “Es su trabajo; no el mío”.

De más está decir que esto no hace que su esposa le tenga más cariño. Ella se siente incapaz de compartir con él los desafíos de su trabajo, las amistades o las historias laborales. Entiendo que no le interese, pero debería intentarlo. Puede parecer que lo hace por el bien de su esposa, pero en realidad es por el bien de ambos. En verdad es en beneficio de su matrimonio.

El esposo de otra amiga es contador. Yo sé que es injusto, pero ellos tienen mala reputación dentro del departamento de “trabajos interesantes”. Sin embargo, su esposo le cuenta historias sobre lo que pasó ese día y los desafíos con sus clientes (sin nombres, sin chismes) y las diferentes clases de compañías para las que él trabaja. Encontraron una forma de hacerlo emocionante (bueno, por lo menos interesante) para ambos.

Es una cuestión de voluntad. De deseo. De esfuerzo y compromiso.

A veces estoy demasiado cansada para hablar sobre la etimología de ciertas palabras. A veces cambio de tema. ¡A veces simplemente me quedo dormida! Pero creo que el punto está claro. En una relación de entrega, expresamos interés en lo que emociona a nuestra pareja sólo por eso, sin importar si personalmente nos interesa o no. Es un acto de dar. Es un acto de cariño.

Si no lo hacemos, nos arriesgamos a llevar vidas separadas, a operar en carriles paralelos y convertirnos más en compañeros de cuarto que en esposos. Asumiendo que esa no es nuestra meta, debemos ir más allá de nuestras propias ocupaciones y enfocarnos en las de nuestra pareja. Si realmente trabajamos en eso, es posible que lleguemos a descubrir que estamos interesados en un tema que inicialmente no nos atraía. Por lo menos desarrollaremos mayor cercanía con nuestra pareja. Es un precio muy pequeño a cambio de grandes dividendos.

Hace poco mi esposo comenzó a pensar en la posibilidad de repasar su latín… ¡Esperemos que no lo haga!