En Los Ángeles, hacia donde mires ves carteles. El número de carteles solamente se equipara al número de personas que se quejan sobre ellos. Son una monstruosidad, son inapropiados, son comercio burdo, promueven valores negativos. La lista sigue. Yo no tengo duda de que todas las quejas son legítimas.

Pero los carteles simplemente no me molestan porque no los miro. ¿Cómo puede ser posible? ¿Acaso nunca salgo de la casa? La verdad es que estoy demasiado ocupada mirando el camino. Cuando nuestros hijos eran nuevos conductores siempre les dijimos “No es que no confiamos en ustedes (una mentira descarada, por supuesto que no confiábamos en ellos; ¡eran adolescentes y conductores nuevos!), son los otros conductores los que nos preocupan (esta parte sí era verdad). Y aún me apego a esa advertencia para mí misma.

Los conductores de Los Ángeles son notoriamente malos. Transitar por las calles de la ciudad es a menudo un viaje aterrador. ¡Y ni siquiera quiero empezar a hablar de las autopistas!

Así que no veo los carteles. Estoy demasiado ocupada concentrándome en conducir.

Y se me ocurrió el otro día que esta podría ser una buena metáfora para la vida en general. Si realmente nos concentramos en el tema que nos ocupa en el momento, si vertemos nuestra atención y energía en crecer y entregar y trabajar en nuestra relación con Dios, no es que solamente no seremos arrastrados por los deseos de nuestro cuerpo o desviados por demasiadas distracciones, ¡ni siquiera las veremos! ¡Estaremos demasiado ocupados mirando el camino!

Si tomase el peligro de desperdiciar mi vida tan seriamente como los peligros de la calle de Los Ángeles, no sacaría mis ojos de la pelota. No bajaría la guardia. Sé que mirar para el lado por solamente un breve segundo en el camino puede llevar, Dios no lo quiera, a consecuencias desastrosas.

¡Así también si no le pongo atención a mi vida, si no examino diligentemente lo que digo, hago y escribo! ¿Quizás si imagino señales de tránsito espirituales? (¿Me estoy dejando llevar demasiado por la analogía?)

En el pensamiento judío, todo en este mundo tiene un propósito y una razón. Tiene que haber alguna razón (además de solamente poner a prueba mi paciencia) para el terrible tráfico de Los Ángeles (además de la floreciente población y la falta de planificación urbana) y para los impacientes, groseros, distraídos y simplemente malos conductores que me acompañan. (¿Pero quieren saber lo que siento en realidad?). En vez de despotricar en contra de esas personas (¡tú sabes quien eres y yo realmente no me merecía ese gesto obsceno que me hiciste el otro día!), planeo usar las futuras experiencias desagradables de la calle para volver a enfocarme en mis metas de vida y en la necesidad de estar atenta.

¡Alégrate que no soy un policía de transito!