Hay personas que se nos adelantan en medio del tráfico, otras se “cuelan” antes que nosotros en la fila que esperamos. Algunos nos empujan en la vereda y no se mueven, impidiéndonos el paso. Hay personas rudas e impacientes. Es un mundo de la ley del más fuerte, en donde todos esperan la satisfacción inmediata de sus necesidades y cada uno considera al resto de las personas como obstáculos en su camino.

Hacemos un mal movimiento, un giro equivocado, una elección errónea y nos vemos sometidos a un sermón, a un gesto obsceno o a alguna otra clase de humillación pública. A pesar de lo espantosa que es esta conducta, ¡a veces nosotros mismos somos la parte culpable! Nosotros somos los impacientes, demandantes y frustrados. Y sí, incluso los groseros.

Hay muchas estrategias para evitarlo, muchas técnicas para trabajar sobre nosotros mismos y sobre nuestro carácter para no convertirnos en esas personas… Ya saben a quienes me refiero, los que se avergüenzan a sí mismos haciendo una escena y provocan que el resto de la gente que está en el restaurante, en la fila en el banco o esperando pacientemente en una tienda, intente desesperadamente mirar hacia otro lado.

Una de mis alumnas me dio una buena idea que agregué a mi caja de herramientas para ayudar a calmarme y a tomar decisiones sabias en situaciones difíciles. Por lo general, trato de imaginar que la persona que me produce frustración —es decir, la persona que estoy a punto de sermonear, o de darle un bocinazo, o manifestar la peor parte de mi ser de alguna otra manera— es el rabino de la comunidad. Intento imaginar la terrible humillación que sentiría si el rabino de mi comunidad fuera el que se da media vuelta para ver quién lo trata de forma tan horrible. Me imagino a mí misma rogando que me trague la tierra y así logro contener cualquier comportamiento negativo. Esta es una estrategia a partir del miedo.

Mi alumna me enseñó una estrategia que surge a partir del amor y la compasión. En realidad, para ser justa, la idea fue de su esposo. Cada vez que alguien es grosero con ellos, desagradable o impaciente, cada vez que alguien los empuja, se les adelanta en la fila o toca la bocina incesantemente (¡o algo peor!), ella se dice a sí misma que esa persona debe estar teniendo un día difícil o está pasando por un momento difícil. Es posible que se haya peleado con su esposa o que haya tenido una discusión con sus hijos adolescentes. Debe estar atrasado para entregar un trabajo importante o su médico acaba de darle malas noticias.

En vez de juzgarlos negativamente, ella los juzga con bondad y compasión. Trata de imaginarse todos los desafíos que tienen en sus vidas y que pueden haberlos llevado a actuar de esa forma desagradable. Entonces ella puede dejarlo pasar. Puede respirar profundo y seguir adelante.

Esta es una actitud que puede transferirse prácticamente a cualquier situación en la vida. Nos ayuda a ser más considerados y a no reaccionar tan rápido con dolor o frustración. Esta actitud transforma la situación y en vez de ser un "ataque personal", pasa a ser un "comportamiento anónimo", pasa de nuestro dolor al dolor del otro.

En verdad no es tan sólo otra herramienta en mi caja de herramientas. Ahora es mi principal herramienta. Como dice el Talmud, “...y más que nada aprendí de mis estudiantes”.