Viví una experiencia aterradora el Shabat pasado. Estábamos caminando a casa desde un Bar Mitzvá y nos detuvimos en un semáforo detrás de un grupo de personas que estaban conversando en voz alta (¡enfatizo el nivel de decibeles de la discusión para explicar que escuchamos inevitablemente!).

“Yo solía tener una tienda de helados”, declaró un hombre joven. “Quería hacerla kósher así que llamé a Rav Blank”. Yo conozco a Rav Blank así que mis orejas se levantaron. “Sin embargo, una de las chispas de chocolate que quería vender no era kósher. Rav Blank se negó a darme certificación. Yo rogué y rogué. Finalmente, Rav Blank regresó a mi con una ‘oferta que no podía rehusar’. Págame $1.000 dólares y voy a certificar todo en la tienda”.

Me costó mucho mantener mi gesto de impresión inaudible. Como dije antes, conozco a Rav Blank. No lo conozco bien, pero siempre me ha parecido amistoso, agradable y serio en cuanto a su negocio. He confiado en su certificación y he comido los productos y en los lugares bajo su supervisión. No sabía qué hacer, pero no podía esperar hasta llegar a casa y compartir las noticias con mi familia. ¡Ahora sabia que definitivamente tendríamos una conversación estimulante en el almuerzo de Shabat!

Pero esperen, la luz seguía en rojo y la conversación continuó… Entusiasmado con las sorpresivas miradas y comentarios de sus oyentes, el narrador dijo: “¡Los engañé a todos! Rav Blank es tan puro como puede ser; ¡él NUNCA aceptaría un soborno!”.

¡Huau! Esa historia realmente me alteró. ¿Qué hubiese pasado si la luz cambiaba antes y yo no hubiese escuchado el final de la historia? Habría creído las calumnias sobre un hombre inocente y posiblemente habría llegado tan lejos como hasta diseminarla yo misma. Me hizo pensar sobre tantas situaciones que podrían malinterpretarse tan fácilmente o sacarse de contexto.

Pero el problema más profundo y atemorizantes para mí fue cuán rápidamente acepté la información negativa. ¿Por qué no la puse en duda inmediatamente? ¿Por qué no fue mi instinto inicial defender al Rav Blank? Me sentí mal del estómago.

Mi único consuelo es que, aunque siempre me ha parecido que el Rav Blank es muy agradable, en realidad no lo conozco muy bien. Me gustaría pensar que, si hubiese sido alguien que conocía muy bien, habría saltado inmediatamente en su defensa, ciertamente en mi mente y espero que audiblemente también.

Sin embargo, el consuelo es escaso, porque estoy paralizada por el hecho de creer tan rápidamente un comentario negativo y preocupada de que esto refleja un instinto humano básico. ¿Me defenderían mis amigas íntimas si alguien me acusara falsamente? ¿Qué hay de mis amigas menos cercanas? ¿Mis conocidos? ¿Los miembros de mi comunidad a quienes no conozco para nada? O reaccionarían como yo, impresionadas pero asumiendo que las calumnias son verdad.

Hay muchas prohibiciones relacionadas al pecado de hablar lashón hará, ‘chismes maliciosos’. Una es que no tienes permitido escucharlo y otra es que no tienes permitido creerlo. En esa esquina el Shabat pasado, habría sido muy difícil no escuchar (¡¿mencioné que hablaban muy fuerte?!). Todos estábamos esperando juntos y yo no sabía qué iba a pasar, así que no podía en realidad tener una estrategia. Pero nunca debería haber creído lo que escuché. Mi instinto debería haber sido afirmar la inocencia de Rav Blank y no condenarlo sin ninguna información.

Como judíos, creemos firmemente en la ‘modificación de conducta’. Podemos cambiar nuestra respuesta instintiva básica. Podemos entrenarnos para reaccionar diferente, más lentamente, más consideradamente. Podemos aprender a tener cuidado al juzgar y pensar mucho antes de reaccionar en distintas situaciones. Estas no son ideas nuevas, pero deben ser interiorizadas. Yo simplemente no me había dado cuenta cuánto trabajo tengo aún por hacer.