Hubo una clase de Torá para un grupo de mujeres. Durante toda la presentación, la esposa del orador estuvo sentada a su lado. Lo miraba deslumbrada y sonreía. Cada idea la sorprendía, cada broma le causaba risa (aunque sin duda ya las había escuchado muchas veces). A pesar de estar casada muchos años, ella parecía una “recién casada”, completamente enamorada.

De hecho… ¡la última vez que yo miré a mi esposo de esa forma debe haber sido el día de mi boda!

Si bien la clase fue fascinante, creo que el verdadero aprendizaje fue observar a esa mujer. ¡Fue algo hermoso! Todas lo notaron. Todas lo comentaron. Todas reflexionaron.

Todas dijeron, “Tengo que mejorar en esto”. “Tengo que mirar a mi esposo como ella lo miraba”.

Muchas mujeres confesaron tener conductas opuestas: mirar hacia otro lado, críticas, rechazo, una gama completa de reacciones negativas.

No es que no haya también cosas positivas. No es que no amemos a nuestros esposos. No es que no tengamos los mismos sentimientos que esa mujer.

Pero no los demostramos. Y si no lo demostramos, lo más probable es que tampoco lo digamos. Entonces, ¿cómo puede él saberlo? Todos queremos admiración y respeto, y nuestros esposos quieren eso más que nada. ¿Por qué les negamos ese simple placer? ¿Por qué nos enfocamos en lo que no hay en vez de ver lo que sí hay? ¿Por qué no miramos de esa forma a nuestros esposos después de 5, 10, 25, 40 años de matrimonio?

La respuesta es: Porque dejamos de intentarlo. Dejamos de hacer el esfuerzo. No es nuestra prioridad.

La experiencia de esa clase fue una llamada de atención, una oportunidad para cambiar, un pequeño descubrimiento que puede revolucionar nuestros matrimonios. Es un acto pequeño con grandes consecuencias.

Sí, hubo algunas ideas nuevas de Torá. Sí, nos hicieron pensar, sacudir la mente y descubrir conceptos.

Pero la idea más poderosa de todas fue la reacción simple, pura e inocente de la esposa del rabino que dio la clase. Podía palparse su admiración, su respeto, su apoyo. Todas aprendimos de ella. Todas nos comprometimos a cambiar nuestras propias relaciones. Todas reconocimos la necesidad de comportarnos diferente. Todas entendimos que tenemos que mejorar.