Es maravilloso tener viejos amigos. No en términos de edad (¡aunque eso también!) sino en el sentido de que los conoces hace mucho tiempo. Y tanto como tú los conoces a ellos, ellos creen que te conocen a ti también.

Y hasta cierto punto, ambos tenemos razón. Nuestro carácter fundamental probablemente no ha cambiado. Hay una historia y confidencias compartidas. Conocemos a los padres del otro y a sus parejas e hijos, y mucha de la información interna. Es una cercanía que no puede ser emparejada por relaciones más recientes (aunque por supuesto éstas pueden traer muchas maravillosas nuevas oportunidades).

Pero estas amistades largas y duraderas traen con ellas ciertas limitaciones también, ciertas murallas con las que uno sigue chocando. Esto también ocurre en las familias cuya necesidad por mantener su estabilidad les dificulta a los individuos crecer y cambiar, las viejas relaciones familiares pueden tener el mismo impacto. Involuntariamente por supuesto.

“Yo sé que no te gusta hacer esto”, me dice una amiga. Reacia a avergonzarla o a cuestionar la profundidad de nuestra amistad, yo sonrío amablemente y asiento. Pero eso era algo que no me gustaba hace 25 años, que no me interesaba entonces. Pero he cambiado, he expandido mis horizontes. Y ahora soy una fanática.

“Sé que esta situación te pone incómoda”, dice otra amiga, sin saber que yo ya he salido de mi zona de confort y descubrí que esta situación en particular no es tan mala como pensé que era; de hecho, ahora la disfruto.

“No te incluí porque no es tu tipo de actividad”. “No te pedí que dirigieras esto porque pensé que preferirías mantenerte en el anonimato”.

Aprecio la consideración y sin embargo... me siento atrapada.

Y si bien aún prefiero el anonimato (¡al menos le acertaron a esa!), estoy mucho más abierta a experiencias de lo que solía estar, soy más viajera, estoy más dispuesta a intentar actividades nuevas y diferentes, incluyendo aquellas que antes no disfrutaba (¡esto no incluye hacer llamadas telefónicas!).

Soy un poco mayor, me siento un poco más cómoda conmigo misma y estoy más dispuesta a enfrentar situaciones nuevas. Por lo tanto, algunas cosas que mis viejos amigos dicen sobre mí, siguen siendo verdad, pero algunas… bueno… ya no.

Es un concepto judío primordial que todos podemos seguir creciendo y cambiando, hasta nuestro último respiro. ¿Nadie se dio cuenta que yo puedo haberlo hecho? ¿Nadie me dio lugar para hacerlo? (de la misma forma, ¿les di yo la misma oportunidad?). La verdad es que la mayoría de estas instancias son bastante triviales, con casi ninguna consecuencia práctica. Pero todos estos comentarios bien intencionados, todas estas expresiones de amistad y conexión me hicieron darme cuenta cuán atrapados podríamos estar todos, cuán difícil es liberarse de cómo el mundo particularmente nuestro núcleo más cercano nos ve.

El cambio en sí ya es tan difícil y cuando va en contra de las expectativas, el esfuerzo es mucho mayor. Es mucho más fácil hundirse nuevamente y ser la persona que todos asumen que eres.

Excepto que el precio es demasiado grande. Es el mes de Elul, el mes de la preparación para Rosh HaShaná y Iom Kipur, el mes del cambio, el tiempo en el que decimos realmente “Si no es ahora, ¿Cuándo?”.

Cuando Dios me pregunté por qué no crecí, por qué me estanqué, no puedo realmente echarle la culpa a mis viejas amigas. Sigue dependiendo de mí.

Por eso, cuando otros continúan tirándonos para abajo, nosotros debemos tirar para arriba mucho más fuerte.

Estoy intentándolo. También estoy intentado no asumir que realmente conozco a los demás, cuáles son sus nuevas metas y deseos actuales.

Al igual que en un matrimonio, la posibilidad de continuo descubrimiento puede mantener estas viejas amistades vivas, y abrirnos a ambos a un mayor crecimiento y realización personal.