Uno de los enfoques principales de la Torá es dar. El mundo se sostiene sobre los actos de bondad. Nosotros emulamos a Dios a través de dar. Una y otra vez se nos pide dar, y dar, y dar un poco más. Se nos dice que el matrimonio no es 50/50 sino 100/100. No se trata de dar y recibir sino de solamente dar. Rav Dessler enseñó que el mundo está dividido en dos tipos de personas: los dadores y los tomadores. Somos un tipo u otro.

Yo sé cuál tipo quiero ser. Entonces cuando las personas se quejan conmigo de que dan y no reciben nada a cambio, tengo una respuesta fácil, una respuesta que ofrezco casi de manera automática: “No te preocupes por los demás. Tú solamente tienes que decidir si quieres ser un dador o un tomador”. Luego sonrío con presunción y sigo con la siguiente pregunta.

Pero mi respuesta simplista fue puesta a prueba recientemente y me quedé muda. No es que mi respuesta era incorrecta. Es que es mucho más difícil de lo que había pensado. No había estado realmente dándoles a las personas crédito por sus esfuerzos o, quizás más importante, cuán difícil era ser empática con sus situaciones en particular.

¿Qué cambió mi perspectiva? Estuve recientemente en una situación (¡estoy intentando no ser muy reveladora!) en donde no tenía ningún rol oficial pero aún así me llamaron a interactuar con todos los participantes, para hacer relaciones con gente nueva y compartir conocimiento e ideas. Fue trabajo duro, pero era para una buena causa. Cuando el programa acabó, los participantes se levantaron para expresar sus agradecimientos. Ellos agradecieron a los organizadores de diferentes países, al equipo administrativo y a quienes apoyaron. Hubo solamente una persona a quien no agradecieron. ¿Adivinan quién?

Me avergüenza admitir que tuve una pequeña rabieta y un colapso. ¿Por qué? ¿Acaso es tan importante para mí la opinión de estos extraños (a cuya mayoría probablemente nunca volveré a ver)? ¿Es mi ego tan frágil? (¡Creo que la respuesta es sí!). Puedo decir honestamente que no estaba haciéndolo por el agradecimiento. Yo creía en lo que estaba haciendo y sentía que estaba haciendo “lo correcto”. Pero no he crecido ni evolucionado tanto como esperaba y quería reconocimiento. Sé que es tonto. Sé que no tiene sentido. Pero ahí estaba. Y me tomó unos cuantos días recobrar mi sentido de equilibrio, regresar a ese lugar en donde “ser un dador es lo único que importa”.

No es que mi idea inicial estaba equivocada; es que su implementación es mucho más difícil de lo que yo había pensado antes. No voy a dejar de participar en estos programas (¡espero eso sí dejar los colapsos!), sino que voy a trabajar más duro en ejercitar mi “músculo” de dar. Y en ser empática con otros que luchan con esta característica.

Me avergoncé de la brecha entre mi entendimiento intelectual y mi reacción emocional. Fue humillante. Pero también fue una oportunidad de crecimiento. Una oportunidad para entenderme a mí misma y a otros. Sigue habiendo solamente dos tipos de personas en el mundo, dadores y tomadores. Y aún quiero identificarme con ser una dadora. Solamente que va a tomarme un poco más de tiempo llegar ahí.