Un amigo me contó recientemente una historia de una de sus primeras experiencias como médico interno en un hospital. Durante una rotación en el pabellón de oncología, él tenía un paciente que estaba observando muy de cerca y con quien había construido una relación. Desgraciadamente, a pesar de los mejores esfuerzos de todos, el hombre falleció. Esta fue la primera experiencia de pérdida de mi amigo y él estaba devastado.

Sus amigos y colegas intentaron consolarlo. "No te preocupes, te acostumbrarás", le decían para tranquilizarlo. Otros lo reprendían y le decían "deja de ser tan sensible".

No solamente no recibió consuelo sino que quedó profundamente perturbado. "Ellos hablaban de la sensibilidad como si fuera algún tipo de enfermedad, un problema", relató él. "¿Pero acaso no es la sensibilidad una característica que queremos promover y cultivar? Ciertamente no es algo que ansiosamente queremos disminuir y eliminar".

Aparentemente, enfrentamos una ardua batalla, ya que todos a nuestro alrededor promulgan el punto de vista opuesto.

Un líder efectivo necesita sacarse sus zapatos y sentir los baches del camino. Necesita sentir el dolor de la gente.

Cuando Moshé se acercó por primera vez a la zarza ardiente, Dios le dijo que se sacara los zapatos. Él no estaba encarnando a tu madre que siempre tiene miedo de que dejes huellas de barro en sus pisos recién limpios. Él estaba enseñándole una lección mucho más profunda e importante (lo siento mamá). Si quieres entender lo que Dios te está enseñando, entonces necesitas ser sensible. Y si quieres ser un líder efectivo y respetado, un líder que guiará apropiada y consideradamente, debes ser sensible. Debes quitarte tus zapatos, debes sentir los baches del camino, esa arena caliente en la playa. Debes derribar las barreras que haz levantado entre tú y otros. Debes sentir el dolor de la gente.

La sensibilidad nos hace mejores personas en todos los aspectos. Somos mejores amigos cuando empatizamos con los problemas de los demás, cuanto intentamos ponernos en sus zapatos y entender lo que están atravesando.

Somos mejores esposas/esposos cuando intentamos relacionarnos con las necesidades, sueños, desilusiones y frustraciones de nuestra pareja en vez de ignorarlas, descartarlas o tratarlas con desdén. Y me refiero a verdadera empatía, no superficial "Lamento escuchar eso pero no creerás lo que me pasó hoy…"

Somos mejores padres cuando nuestros hijos se sienten comprendidos. Eso no significa que podemos o debemos resolver todos sus problemas, solamente que ellos deben sentir que no están solos.

Una conocida que emigró a los Estados Unidos desde la antigua Unión Soviética me dijo que cuando sus hijos se quejaban, ella perdía la paciencia. No había desafíos en sus vidas que pudieran posiblemente compararse a los de ella. Y tenía razón. Sin embargo, sus hijos necesitaban que ella comprendiera sus vidas, que sintiera empatía con sus luchas, incluso si eran sobre molestas maestras y amigos desleales y no sobre la KGB tocando la puerta.

Y somos mejores personas cuando empatizamos con el dolor de nuestros hermanos y hermanas judías al otro lado del mundo. Como Moshé que dejó la comodidad del palacio para ver cómo los Egipcios trataban a sus hermanos y actuó inmediatamente cuando vio cómo los oprimían (matando al cruel capataz egipcio), así también nosotros debemos ir más allá de la comodidad de nuestros propios hogares para ver primero el dolor (en todas sus infinitas variantes) del pueblo judío y preguntarnos qué podemos hacer al respecto. Todo comienza cultivando la sensibilidad.

Las necesidades son interminables y nuestros recursos son limitados. Ya sea visitar a la viuda en nuestra cuadra o dar dinero a caridad, las oportunidades son abundantes. Nosotros solamente debemos abrir nuestros ojos y nuestros corazones. Debemos sensibilizarnos. Y debemos ignorar cualquier mensaje contrario, cualquier sugerencia de que la sensibilidad es algo que hay que eliminar o disminuir. Porque es solamente con verdadera sensibilidad ante las necesidades de otros que podremos hacer una diferencia.