Recientemente me frustré un poco con mi esposo. No fue un gran problema. Él hizo algo que a mí me molestó y yo exageré. Pero, en medio de nuestra irritación, no siempre mantenemos la perspectiva. Así que cuando sonó el teléfono, rápidamente lo levanté y le dije lo que pensaba.

Solamente que no revisé el identificador de llamadas de mi celular. Y no era él. ¡Le había lanzado mi sarcástica invectiva a una nueva conocida! Por suerte había una mala conexión y la persona que llamó no escuchó mi bronca (al menos ella dijo que no escuchó), pero yo estaba colorada de vergüenza.

Y la lección dio en el blanco, fuerte y claro, (¡siempre revisa quien está llamando antes de contestar el teléfono!).

Al pensar cuánto más avergonzada hubiese estado si ella hubiese escuchado mis palabras reales, tuve que hacerme la obvia pregunta. ¿Por qué me importa más lo que una relativa extraña piensa de mí que mi esposo?

Claramente tenía mis prioridades al revés. Si yo iba a perder la calma con alguien (no es una conducta que estoy defendiendo), sería mejor hacerlo con un extraño o un mero conocido que con mi compañero de vida.

¿Y por qué razón reaccioné tan violentamente? Sin humillarme más con los detalles insignificantes, solamente digamos que fue algo trivial, algo tan insignificante en el gran (e incluso pequeño) esquema de las cosas, que muchos dirían que ni siquiera amerita una reacción del todo (yo estoy culpando al jet lag y al agotamiento).

Pero en realidad estoy agradecida, no por mi mala conducta, sino por la relativamente indolora llamada de atención. Me trajo de vuelta a la realidad. Me dio perspectiva. Me ayudó a enfocarme en conductas más apropiadas.

Es demasiado fácil tomar nuestras relaciones cercanas por sentado, no ser suficientemente cuidadosos porque, después de todo, él está “atascado conmigo”. O él es el conveniente receptor de mi frustración porque “él está allí” o porque “me siento tan cómoda con él que he bajado mi guardia”.

¡Pero yo no quiero que mi esposo se sienta atascado conmigo! Quiero que él esté emocionado y alegre con nuestra relación. Y eso es lo que necesito comunicar, sin importar cómo me siento en algún momento en particular.

Pero más aún, yo necesito sentirme emocionada y alegre, sin importar las circunstancias. Ahí es donde realizamos un esfuerzo realmente importante, y obtenemos recompensas realmente valiosas. La frustración y el enojo nos convierten en personas que no queremos ser, y revelan una parte de nosotros que no queremos mostrar.

Cuando se trata de relaciones que son tan preciadas para nosotros, debemos estar en guardia en contra de estos peligros. Hay demasiado en juego como para no contestar el teléfono —y todas las demás situaciones— con una sonrisa y un alegre "hola".