Escuché los discursos fúnebres de dos mujeres que fallecieron la semana pasada. Una era una madre de tres, de 39 años, quien sucumbió ante la enfermedad con la que estaba luchando. La otra era una abuela de 66 años con 14 nietos, casada por 47 años con su amor de la infancia. Ella murió repentinamente en un accidente automovilístico cuando su auto inexplicablemente se descompuso en una autopista muy transitada. Está de más decir que ambos fueron tristes, ambas fueron experiencias aleccionadoras, ambas fueron alertas justo antes de Rosh HaShaná, y ambas ejemplificaron la enseñanza del Rey Salomón que “Es mejor ir a una casa de duelo que a una casa de celebración”.

Pero más allá de la verdadera tragedia de sus muertes y el énfasis en la necesidad de utilizar cada minuto productivamente, aprendí algo muy importante sobre sus vidas y me llevé lecciones personales muy profundas.

Demasiado a menudo las personas que pronuncian los discursos fúnebres cometen uno de dos errores. El primero es que alaban a la persona que acaba de fallecer a tal punto que las alabanzas parecen en el peor caso deshonestas y en el mejor poco sinceras y sin sentido. Mi esposo estuvo una vez en un funeral en donde se pronunció un discurso fúnebre como ese. Después del funeral, el hijo del hombre se acercó a mi esposo. “Mi padre no era así para nada”, dijo él. “Él era en realidad un ser humano terrible, cruel y despreciable”. (Hay una razón por la cual no se permite alabar en exceso a alguien en público; provoca un deseo de criticar, de dejar las cosas en claro).

El otro error es ser demasiado honesto y abierto, enfocarse en las características malas. Asistimos a un funeral en donde la madre de nuestra amiga fue alabada como una mujer que “realmente disfrutaba jugar cartas y beber alcohol”.

Los discursos que escuché la semana pasada no fueron así. Ambos capturaron la esencia de la persona, ya sea su bondad, su altruismo, su enfoque en la familia, su docilidad, el hecho de que nunca dijeron una mala palabra sobre nadie… Yo conocía a estas dos especiales mujeres, y las palabras de alabanza sonaron verdaderas.

Y no pude evitar pensar en lo obvio (por más cliché que sea). “¿Qué dirán las personas de mí?”. Y si la respuesta es: “Uf, era tan egocéntrica; incluso en los funerales de otras personas pensaba sólo en ella”, permítanme aclarar.

No me estaba preguntando cuales serían las palabras exactas del discurso fúnebre (quiera Dios después de 120 años) sino que estaba reflexionando sobre mi vida. ¿Quién soy? ¿Qué huella he dejado en este mundo; en las personas que quiero? ¿Qué me gustaría idealmente que ellos dijeran de mí y cómo me convierto en esa persona? ¿Qué cosa no me gustaría que dijeran y como prevengo eso?

Espero que no sea demasiado tarde. La vida puede cambiar en un instante. Pero sí quiero enfocar mi vida de forma que refleje mis metas positivas, que refleje la persona que me gustaría ser (o al menos cercano a eso), pero no por el discurso fúnebre, sino porque el discurso será una descripción de quién soy yo y de cómo he vivido.

No hay palabras para describir adecuadamente estas dos tragedias, no hay palabras para describir cómo han sacudido a nuestra comunidad. No podemos ni siquiera imaginar cómo saldrán adelante sus esposos. Aún puedo escuchar los tristes sollozos de uno de los viudos, “¿Qué voy a hacer? ¿Qué voy a hacer?”.

Pero espero que, al menos, todos podremos —como comunidad y como individuos— crecer a partir de estas tristes y dolorosas experiencias. Espero que todos hayamos utilizado la oportunidad para hacer introspección, para reevaluarnos y cambiar. Y espero que a través de esto, cada quien a su manera, le de a estas muertes un significado adicional y ofrezcamos un poco de consuelo a los despojados dolientes.