Nuestro patriarca Abraham estaba sentado en la entrada de su tienda recuperándose después de haberse circuncidado a los 99 años. Dios hizo que ese día hiciera mucho calor para desalentar a los caminantes. Él sabía que si se acercaban visitas a la tienda de Abraham, él saltaría para servirles, ignorando sus propias necesidades. Para ahorrarle ese esfuerzo, Dios fijó el escenario para permitir que Abraham se recuperara tranquilamente.

Pero las cosas no marcharon de la manera prevista. Al parecer, el dolor de Abraham era mayor cuando él no era capaz de brindarse a los demás, cuando no podía cumplir la mitzvá de recibir huéspedes. Así que Dios cambió su estrategia y envió a tres nómadas hambrientos que de repente aparecieron a la distancia. Abraham los recibió y les sirvió un festín.

Me parece que al leer esa historia muchos nos preguntamos: ¿Acaso no era agradable tener un descanso en medio de recibir tantas visitas? A pesar de lo mucho que lo disfruto, no me molesta tener de vez en cuando un Shabat libre o que alguien nos invite. ¿Realmente era tan doloroso no recibir invitados?

Creo que nuestra experiencia con Covid nos ayudó a sentir más empatía por Abraham. De repente, no pudimos recibir más huéspedes. No durante unos días. No durante unas semanas. Ni siquiera durante algunos meses… De repente nos quitaron algo que dábamos por sentado (y de lo que a veces nos quejábamos). Y, siendo los estereotípicos seres humanos que somos, ahora lo extrañamos. Lo queremos de nuevo. Ahora estaríamos dispuestos a preparar el menú más gourmet si tan sólo alguien viniera de visita.

Mi esposo y yo fuimos afortunados en tener durante la mayor parte de la pandemia a parte de la familia con nosotros y no estar en el solitario predicamento que tantos experimentaron. Nos sentimos muy agradecidos por eso, y me lo recordé todo el tiempo a mi misma cuando mi esposo (completamente vacunado) se contagió de Covid y cancelaron su visita todos nuestros huéspedes de Shabat (que casualmente eran algunos de nuestros propios hijos y nietos).

Si bien definitivamente no me comparo con Abraham, ahora entiendo cuán difícil me resultó tener sólo un Shabat sin invitados.

No los culpo por no venir, esa era la decisión más prudente. Pero yo quería huéspedes. Si bien definitivamente no me comparo con Abraham, en especial porque hay momentos en los que necesito un descanso y probablemente me hubiera alegrado ese sol ardiente con el desierto vacío ante mí, vi cuán difícil me resultó tener un solo Shabat sin invitados. Para mí el Shabat está inextricablemente entrelazado con recibir visitas. Es parte de la misma definición del día.

Pero Dios tenía otros planes y otras lecciones para enseñarnos. Tal vez ahora valoro todavía más la oportunidad de recibir huéspedes. Quizás tengo más empatía por aquellos que tuvieron que soportar una larga y forzada separación durante la pandemia de Corona. Tal vez entiendo un poquito mejor el carácter de nuestro patriarca Abraham.

También valoro más la compañía que tuve durante la parte más intensa de la pandemia y aprendí a partir de la experiencia de otros cuánto podemos soportar solos si es necesario y cuánto no quiero tener que soportarlo. Incluso si a veces me canso, digo: "¡Que vengan!" ¡Quiero cumplir con la mitzvá de recibir invitados!