Acaba de terminar el ayuno de Tishá BeAv, el duelo por la destrucción del Primer y Segundo Templo y el subsecuente distanciamiento de Dios. Nos enfocamos en la falta de claridad de nuestras vidas hoy en día, lo que es el resultado de esas pérdidas. La manera de seguir adelante es aprender de estos traumas y corregir nuestros errores.

Nos enseñan que el Primer Templo fue destruido debido al asesinato, la inmoralidad sexual y la idolatría. Básicamente podemos entender estas causas: la falta de respecto por otros seres humanos, los deseos descontrolados (lo cual también demuestra una falta de respeto por otros seres humanos), y la máxima falta de respeto hacia Dios mismo (a pesar de que ya no adoramos ídolos de madera y piedra, todos podemos reconocer hábitos que distorsionan nuestras prioridades o áreas a las que les damos un poder inapropiado).

Puede ser que no hayamos superado todos esos deseos e impulsos, pero entendemos por qué son un problema. Queremos eliminarlos o por lo menos atenuarlos. Podemos seguir adelante con el programa.

El razonamiento sugiere que la destrucción del Segundo Templo es un poco más desafiante. Aprendemos que el Segundo Templo fue destruido debido a sinat jinam, lo cual puede traducirse como 'odio infundado'. ¿Qué es exactamente el odio infundado?

Algunas fuentes sugieren que el odio infundado se refiere a todo odio personal, a todas las situaciones de disgusto y tensión entre un judío y otro. Puede que no lo llamemos odio, puede que no lo consideremos infundado, pero definitivamente es algo que todos hemos experimentado y algo que Dios aborrece. (La justa indignación, el enojo, incluso el odio en beneficio del pueblo judío es una historia diferente).

¿Cuándo manifestamos odio infundado? Cuando estamos heridos, humillados, enojados, resentidos, envidiosos. Nuestras cualidades negativas nos llevan a sentir animosidad hacia los demás. Somos demasiado sensibles, malinterpretamos, no juzgamos favorablemente, estamos enojados, frustrados, impacientes… Sin importar cuál sea el comportamiento de la otra persona, de nosotros depende superar nuestros pensamientos destructivos y negativos. Y después dejarlo pasar, o tal vez tener una conversación al respecto, pero no permitir que eso contamine ni entregarnos a esos sentimientos.

Puedo aceptar esto, aunque algunos escenarios son muy difíciles. Por lo general puedo seguir adelante y perdonar. Por lo general puedo demostrar compasión y entendimiento.

Me resulta muy difícil dejar pasar las cosas cuando alguien le provoca dolor a uno de mis hijos.

Pero hay un área en la que parece que fracaso en esta prueba cada vez que se presenta. Y sospecho que no soy la única. Esto ocurre cuando alguien le provoca dolor a uno de mis hijos.

No es algo que sucede con demasiada frecuencia, pero en diferentes etapas de la vida, mis hijos se vieron heridos (por amigos o maestros); los criticaron, los hicieron sentir menos e insignificantes, o tontos e incompetentes. Les gritaron, los culparon por problemas que ellos no crearon… Aquí sólo doy unos ejemplos superficiales. Estoy segura que la mayoría de los padres pueden agregar sus propias historias.

A veces, la parte cruel es otro niño. Si bien inicialmente es doloroso, en esos casos puedo reaccionar mejor. A fin de cuentas, se trata sólo de un niño. Todavía está aprendiendo y creciendo. Podemos llegar a entender que reacciona sin pensar. Pero la mayoría de los casos que me vienen a la cabeza involucran adultos, personas que, en mi mente, deberían haber sabido mejor cómo actuar, personas que deberían haber reaccionado de acuerdo con su rótulo de "adultos" y comportarse de forma acorde.

En cierta forma no puedo dejarlo de lado porque no fui herida directamente; por lo tanto, no depende de mí perdonarlos. En cierta medida no puedo dejarlo de lado debido a la diferencia de poder: que adultos lastimen a niños parece algo abusivo e inadecuado, sin importar cuán justificado haya parecido en el momento. Sin un pedido de perdón me resulta difícil seguir adelante. Lo intento, porque al mirar nuestro mundo es obvio que necesitamos con desesperación hacer que la Presencia de Dios sea más vívida y accesible. Pero me siento un poco perdida.

El dolor de ver a mis hijos lastimados es demasiado difícil de soportar, demasiado duro para dejarlo de lado. Y así debe ser como se siente Dios. Él ve a Sus hijos lastimarse mutuamente y el dolor es insoportable. Él quiere mucho darnos el Tercer Templo, pero cómo puede hacerlo cuando seguimos peleando entre nosotros, cuando seguimos siendo capaces de causarnos mutuamente tanto dolor, cuando no nos inclinamos al perdón ni al entendimiento.

Voy a trabajar sobre esto y no aceptarlo como un estatus quo imposible de cambiar. No va a ser sencillo. Pero espero que mis esfuerzos (y los tuyos) sean suficientes. Porque, francamente, estoy un poco cansada de estos ayunos y realmente me gustaría que el próximo año Tishá BeAv sea una festividad alegre.