Hace poco estuve en Israel y me encontré con una vieja amiga, conocida, alumna, no estoy segura del título. Ella me vio al otro lado de un comedor repleto de gente y se esforzó para llegar a saludarme. Nos dimos un gran abrazo, conversamos un momento y seguimos adelante. Siempre es agradable encontrar una cara conocida cuando estás lejos de casa (¡o cuando has llegado a casa!) y fue reconfortante.

Entonces me di cuenta que ella vive en mi misma ciudad… No sólo podríamos vernos con más frecuencia si quisiéramos, sino que cuando nos encontramos allá nos falta la emoción, la calidez, la sensación de conexión que sentimos aquí, en Israel. En nuestra ciudad, nos saludamos cordialmente con la cabeza y cada una sigue su camino. No somos antipáticas, pero por cierto no conversamos.

¿Cuál es la diferencia? No creo que se deba tan sólo al hecho de estar fuera de nuestro ambiente. No creo que sea sólo que estamos lejos de nuestros hogares, de nuestras rutinas, de nuestras demandas diarias. No creo que puede atribuirse solamente al hecho de estar de vacaciones.

Pienso que es algo más. El pueblo judío es una familia, quizás con toda la disfunción inherente a este término, pero de todos modos una familia.

Al vivir en la diáspora, tendemos a olvidarlo. En la Tierra de Israel, es lo fundamental. Es algo personal. Sin importar cuán fracturada o desafiante, la sensación de ser “un pueblo” se mantiene.

De hecho, quizás una de las razones por las que hay tanta lucha y tanta división es porque somos una familia. Porque lo que tú haces me afecta. Porque lo que tú haces me importa.

Cuando vemos a otros judíos en nuestra ciudad, reconocemos una presencia familiar y, dependiendo de la naturaleza de la relación, una conexión.

Pero aquí, en la Tierra Santa, reconocemos la familia. Vemos más allá de las capas a la hermana al otro lado de la habitación, vemos las almas conectadas a través de los siglos. Queremos abrazarnos porque deseamos (sin que sea necesario) reconocer ese lazo, expresarlo en términos concretos, colocarnos a nosotros mismos con firmeza en medio de esa desordenada, ruidosa, escandalosa, cálida, amorosa y contradictoria entidad que es el pueblo judío.

Esa conexión es más real, mucho más poderosa cuando estamos en Israel.

Creo que cuando vuelva a ver a esta mujer en mi ciudad me sentiré diferente. Porque compartimos un momento, aunque fuera muy breve. Porque reconocimos nuestro interés mutuo en el país y en su gente. Porque nos sentimos unidas como hermanas.

¿Pero qué pasa con todas mis otras amigas, conocidas, alumnas fuera de Israel? También tengo que reconocerlas y tratarlas a todas como familia. Porque eso es lo que en verdad somos.