¿Has tenido alguna vez uno de esos días? Ya sabes a lo que me refiero. Esos días en donde programas un millón de cosas y terminas llegando tarde a todas partes, en donde corres, corres, corres, te sientes agobiada y se te olvida comer (en realidad esa parte nunca me pasó; ¡nunca en mi vida me he olvidado de comer!) y después estás frenética, hambrienta y estresada al máximo y para el momento en que llega el final del día estás demasiado cansada incluso para hablar.

Yo tuve uno de esos días hoy. Y entonces me di cuenta de algo, ¡tengo uno de esos días cada día! Desde el momento en que me despierto y presiono mi botón de “encendido”, sigo andando, andando, andando hasta que la batería finalmente se agota. Pareciera que estoy ya sea al máximo o en apagado; no puedo encontrar mi modo intermedio. Incluso si salgo de vacaciones, sigo corriendo con el libro de turismo en la mano. ¿Recostarme en una hermosa playa? ¡Me da miedo aburrirme! Así que no paro.

Pero no puedo seguir con el ritmo que alguna vez tuve (sí, recientemente escribí sobre como mis amigas están cumpliendo 60 y yo no estoy tan lejos) y estoy empezando a preguntarme si debiera retirarme, si estoy presionando demasiado, si es sano moverse a este ritmo o si me beneficiaría bajar un poco la velocidad, salir a tomar aire, un poco de espacio para respirar. Toda esta corrida frenética no puede ser buena para mi, física, espiritual o emocionalmente.

Pero es tan difícil parar, decir no, moverse a un paso más relajado. Amenaza todo mi sentido de identidad (¿Quién soy si no estoy en constante movimiento?) y sin embargo… y sin embargo… creo que ese es el siguiente paso de crecimiento en mi vida. Siempre digo sobre mis hijos que no puedo frenar a los que quieren sobresalir, y no puedo encender una llama debajo de los que no están motivados; no puedo hacer que les importe.

¿Pero eso significa que no puedo cambiarme a mí misma? Eso implicaría que estoy atorada en una sola velocidad por el resto de mi vida (salvo por una enfermedad, Dios no lo quiera). ¡No puede ser!

Un principio fundamental del judaísmo es que el cambio es SIEMPRE posible. Nunca es demasiado tarde. Si dejamos de cambiar, dejamos de crecer. Si dejamos de crecer, dejamos de vivir.

Hay formas diferentes de crecimiento y seguramente no todas implican hacer más, más y luego más. Algunos de nosotros crecemos al decir que no, al bajar la velocidad, al detenernos para mirar a nuestro alrededor y saborear la belleza de nuestro mundo y los regalos en nuestras vidas.

No puedo cambiar a mis hijos, no puedo bajarles la velocidad a ellos o apurarlos, porque son individuos únicos con su propia habilidad de utilizar su libre albedrío y tomar decisiones. No puedo cambiarlos a ellos, pero sí puedo cambiarme a mí. Simplemente tengo que decidir si realmente lo quiero. Tengo que decidir que la vida en el carrusel me está agotando y que al final es contraproducente. Es una decisión difícil. Es un asunto de sutilezas y matices, de introspección y conciencia de uno mismo.

Pero si alguna vez has tenido uno de esos días o, si como yo, todos los días tienes “uno de esos días”, no hay otra opción. Tengo que hacer un cambio. Tengo que recuperar el aliento. Pero empezaré mañana; ¡tengo muchas cosas que hacer hoy!