Tuve una buena amiga hace unos 33 años. Digo “tuve” no porque haya habido alguna pelea entre nosotras sino que las circunstancias y la distancia se entrometieron y perdimos contacto. No hubo resentimientos y los buenos recuerdos aún perduran: de estudiar juntas en Jerusalem; de reírnos juntas en Jerusalem; de las enormes galletas que ella siempre tenía en un frasco de vidrio en su cocina; de las sheva brajot que ella y su esposo organizaron para nosotros.

Cuando nos mudamos a Los Ángeles, ellos se nos habían adelantado un poco y vivimos en su departamento mientras buscábamos uno para nosotros. Yo estaba recién embarazada y con nauseas y… bueno, les ahorraré los detalles… pero ella fue una buena anfitriona y una buena amiga. Como dije, perdimos contacto, pero atesoramos los recuerdos.

Algunos de los recuerdos se cruzaron por mi mente la semana pasada cuando leí las noticias de Israel. Mi buena amiga tenía un hermano, un hermano al cual ella idolatraba. A sus ojos (y aparentemente a los ojos de todos aquellos que lo conocían), él era santo y bueno. Amaba estudiar y le transmitía ese entusiasmo a su hermana. Era amable y justo, y era su modelo a seguir en todo lo que ella deseaba hacer. Yo nunca lo conocí y confieso que solamente escuché a medias lo que me contó sobre él… yo estaba un tanto ocupada y un poco distraída…

Pero debo haber estado escuchando con más atención de la que pensé, porque cuando vi el nombre Kalman Levine en las noticias como una de las víctimas de la masacre de Har Nof, mi corazón saltó a mi garganta. Comencé una rápida búsqueda en Internet. ¿Era él realmente? ¿Era éste el hermano de mi amiga, del cual había escuchado tanto hace más de 30 años?

Sí era. Rompí en llanto. Nunca lo conocí. Apenas escuché cuando mi amiga habló sobre él y sin embargo todo parecía tan personal.

La muerte de cada judío es dolorosa y personal, pero es más profunda cuando existe algún tipo de conexión. Es más real. Duele más. Quizás no debiera ser así; quizás sí. No lo sé. Sólo sé que así fue.

En ese momento, tuve una experiencia de pérdida más profunda. Me sentí afligida por Rav Levine y su familia, por mi amiga y por todo el pueblo judío. Y también me sentí mal por mí misma, por nunca haber llegado a conocerlo, por nunca haber visto con mis propios ojos lo que mi amiga alababa y otros apreciaban.

No puedo recuperar eso. Pero puedo cambiar. Puedo hacer un mayor esfuerzo por escuchar, un mayor esfuerzo por llegar a conocer a cada ser humano, porque cada quien tiene una historia y algo que enseñar. Escuché un discurso fúnebre en honor a Rav Twersky y nuevamente sentí esa sensación de pérdida, no solamente porque él era un “regalo” para el pueblo judío, sino también por la oportunidad perdida. Nunca lo conocí. Nunca aprecié su rectitud y sabiduría.

No puedo entender por qué el pueblo judío tuvo que vivir tanto dolor. No puedo llegar a comprender los caminos de Dios: por qué estas personas en particular en este momento en particular. Lo único que puedo hacer es intentar aprender de ello y hacer mejores elecciones de hoy en adelante: tratar a aquellos que conozco con respeto y dignidad; escuchar sus historias con compasión y mostrar empatía; llegar a conocer y aprender de la mayor cantidad de gente que pueda, de los sabios y famosos y de la mujer más anónima de la comunidad.

No conocí personalmente a Kalman Levine pero siento que pude vislumbrar —a través de las palabras de su hermana hace tantos años— el tipo de hombre que era y la pérdida que su ausencia representa para nuestro pueblo. Que su familia sea consolada entre los dolientes de Sión y Jerusalem (Shelley, esto es para ti).