Puede ser que llegué tarde a la fiesta, pero vi que varias mujeres tienen unas pulseras que dicen: “Cuando te sientas abrumada… recuerda de quién eres hija y endereza tu corona”. Parece que esto consuela a mujeres que perdieron a sus madres. Las hace sentir conectadas, inspiradas, las alienta. Es un sentimiento hermoso y una gran motivación, no muy diferente a nuestro ancestro Iosef, quien mantuvo ante sus ojos la imagen de su padre Iaakov para evitar desviarse del camino correcto. Es una herramienta poderosa y emocionalmente evocativa.

Pero quizás pensamos en una escala demasiado pequeña. Por más maravillosas que sean nuestras madres, podemos llegar más alto. Cuando leí por primera vez esa frase, no pensé en padres de carne y hueso. Pensé que yo soy la hija del Rey del Universo y, como tal, definitivamente debería enderezar mi corona.

De hecho, no sólo debería enderezarla, sino que debería pulirla hasta que brille. Nos hemos perdido en el camino. Olvidamos que pertenecemos a la realeza. Olvidamos la responsabilidad que eso conlleva y también el privilegio. Somos verdaderas princesas… ¡y no sólo porque a los 4 años tuvimos una fiesta con los platos, vasos y el disfraz requerido! Tenemos que conducirnos como princesas. Debemos recordar nuestro linaje.

Con nuestro disfraz de princesa, nos bamboleábamos por todos lados sobre puntiagudos zapatos de taco alto, sintiéndonos muy grandes, pero sin vernos extremadamente majestuosas. Una verdadera hija de la realeza camina erguida, segura y con confianza en que su Padre Celestial irradia orgullo y la sostiene. Él es nuestro apoyo, nuestra confianza, nuestra roca.

Es difícil reconocer nuestro estatus real en nuestro mundo casual. El escrutinio sobre las duquesas inglesas no es nada comparado con el que se dirige al pueblo judío. Estamos bajo un microscopio, cada uno de nuestros pasos y tropiezos es registrado y catalogado. Hay algunos que esperan que fallemos, ansiosos por abalanzarse sobre nosotros.

Esta es todavía una razón mayor para conducirnos con dignidad y orgullo, para reconocer que somos hijos del Rey y no permitirnos caer víctimas de los chismes de la prensa. No tenemos ninguna razón para disculparnos, a menos que no vivamos a la altura de nuestro potencial, a menos que traicionemos nuestras raíces reales.

El pueblo judío nunca ganará un concurso de popularidad. Pero esa no es nuestra meta. Nuestra fortuna aumenta y disminuye junto con la opinión mundial. Pero en verdad eso no importa. Porque mientras nos comportemos como debemos, mientras el Rey de Reyes esté complacido con Sus súbditos, nada más importa.

Nuestro desafío es seguir elevándonos a pesar de cómo se comporten a nuestro alrededor; enfocarnos en nuestra dignidad interna a pesar de las presiones externas, disfrutar el privilegio de ser un pueblo que ha escogido una relación más profunda con Dios con todas sus dificultades, desafíos y placeres.

Algunos días y en algunas generaciones, ese sentimiento de estar abrumado es más frecuente. Pero nunca debemos olvidar de Quién somos hijos. Siempre debemos sonreír, enderezar nuestra corona y seguir hacia adelante.