Acabamos de entrar al mes de adar, el mes de la festividad de Purim; el mes en el que debemos incrementar nuestra alegría. Pero siento que me falta la sensación de celebración.

No se debe sólo a que reflexioné sobre el último Purim y comprendí que probablemente fue el día en que la pandemia se propagó y eso llevó a mucha enfermedad y muerte. No es sólo que en cierta medida marca el límite entre nuestro mundo antes del corona y después del corona. Me parece que también hay involucrado un factor que no tiene relación con el COVID.

Cuando les enseño a mis alumnas sobre Shabat (u otras festividades), frecuentemente me dicen: "Me hubiera gustado conocerte hace 20 años. Mis hijos crecieron, ya es demasiado tarde". A lo cual yo respondo que las festividades no son sólo para los niños y que se las deben celebrar incluso en un hogar con el nido vacío o incluso una persona sola (dos hechos que sin duda quedaron resaltados durante esta pandemia). El significado del Shabat y de todas nuestras festividades es profundo y nos conecta con Dios, independientemente de que tengamos o no niños pequeños en la casa.

Pero pienso que estas palabras —aunque son verdaderas— salieron con demasiada ligereza de mi boca. Es cierto, este es otro ejemplo de que es más fácil decirlo que hacerlo, algo que me quedó claro este último Rosh Jódesh adar.

En vez de preparar hamantashen (orejas de Hamán) y planear disfraces, mi esposo y yo nos miramos y nos preguntamos: "¿Hoy es Rosh Jódesh? ¿Son dos días?". No estábamos demasiado sintonizados; no estábamos en el estado de ánimo de celebración. Aunque el chat de nuestra familia estaba repleto con ideas para mishloaj manot (las canastas con alimentos que enviamos a los amigos), yo no le había dedicado ni un segundo de pensamiento al tema.

Sí, puedo dar excusas. Algunas de ellas incluso pueden ser legítimas. Nos acabamos de mudar (¿cuánto tiempo puedo usar esta excusa?) y mi vida se limita a desempacar (un problema en sí mismo); mi esposo no va a la sinagoga (por culpa del COVID), así que no está sintonizado con las festividades; y a mí me paraliza el antiguo dilema respecto a qué relleno poner en los hamantashen (¿ciruela, amapola o chocolate?), así que al final no hago nada… Pero todo esto son sólo excusas.

La verdad es que si bien es absolutamente cierto que las festividades siguen siendo tan significativas e importantes tengas o no niños pequeños en la casa, no es tan sencillo.

No me refiero al esfuerzo físico. Eso obviamente es más difícil con un puñado de niños pequeños o no tan pequeños. Me refiero al esfuerzo emocional y espiritual. Me refiero al foco de atención. Para mis hijas que son madres jóvenes, Purim estuvo en sus mentes durante semanas, planificando y encargando o preparando disfraces, golosinas para sus mishloaj manot, pensando dónde harán la comida de Purim… Es algo que las consume por completo.

Para mí es lo opuesto. Básicamente he ignorado esas conversaciones, ignoré toda la idea hasta que de repente adar está sobre mi cabeza y yo no trabajé en lo absoluto para incrementar mi alegría. En consecuencia, me siento mucho peor. Caí en la misma trampa que le advertía a los demás que debían evitar. Sin presión (molestias e insistencia) de los niños pequeños, no comencé ningún preparativo para Purim. No le brindé a la festividad lo que merece. Y no estoy orgullosa de eso.

Especialmente cuando siempre dije que Ester, la heroína de la historia de Purim, es mi personaje favorito en la historia judía. (Y me gusta pensar en ella como mi tocaya, ya que mi nombre en hebreo es Ester Emuna, algo que pocos saben)

La buena noticia es que como con cualquier otra cosa, nunca es demasiado tarde para cambiar. No es demasiado tarde para cambiar mi foco, para hornear algunos hamantashen, planear un disfraz, preparar algunos lindos mishloaj manot (incluso si aquí todavía no conozco a nadie) y sentarme con la Meguilat Ester y recordarme a mí misma por qué la historia de Purim es tan importante, y por qué no es sólo para los niños.