Recibí un email desesperado el otro día. “Por favor, por favor”, imploraba la autora, “por favor escribe sobre la insensibilidad de las personas hacia los demás, particularmente expresada en los comentarios desconsiderados e hirientes”. Luego ella prosiguió a enumerar sus desafíos particulares y su dolor único debido a estos comentarios.

Pero todos tenemos desafíos particulares y dolor único y nos gustaría poner un bozal (o al menos un filtro) en la boca de algunos de nuestros conocidos.

Estoy segura que nadie es intencionalmente insensible. Ellos tienen buenas intenciones. Solamente están involucrados en esa actividad tan importante conocida como “conversar”. Pero quizás —solamente quizás— no todas las conversaciones tienen que llevarse a cabo.

Quizás podemos sentarnos en silencio. Quizás una gran sonrisa y un hola pueden ser suficientes. O un movimiento de cabeza y un sincero “¿Cómo estás?”. Pensamos que tenemos que llenar el espacio vacío. Tenemos miedo de los momentos sociales incómodos. Sin embargo, a partir de ese miedo, creamos momentos peores.

Me perturba tener que decir esto pero, de acuerdo a la autora del email, las personas incluso pueden llegar a preguntarle a una joven recién casada con sobrepeso (en este caso el peso extra era debido a esteroides para tratar una condición médica) si ella está embarazada. No solamente es una falta de tacto sino que, ¿no es esto un asunto privado hasta que la mujer en cuestión decida contarlo? De hecho, mi hija evita nuestro supermercado local porque la cajera no solamente le pregunta constantemente si está esperando sino que no le cree su negativa de “¡solamente estoy gorda!” ¡Y sigue preguntando!

Pero eso no es lo peor de todo. Parejas que luchan con problemas de infertilidad podrían recibir la pregunta de por qué están esperando tanto antes de tener hijos o por qué están esperando tanto entre hijos.

Una amiga soltera una vez se lamentó de que ya no se sentía cómoda yendo a la tienda de abarrotes en su comunidad. La última vez que fue alguien le gritó desde unos cuantos pasillos de distancia, “¿Estás saliendo con alguien ahora? Recuérdame qué tipo de chico estás buscando”. (“¡Uno que no tenga una madre gritona como tú!”, sintió deseos de responder).

Como dije, las personas tienen buenas intenciones. Pero puedes tener buenas intenciones y aún así causar mucho daño. Tener buenas intenciones no es una excusa. Y se podría evitar mucho dolor si todos siguiéramos el viejo consejo de “pensar antes de hablar”.

¿A quien le estoy hablando? ¿Cuáles son sus intereses? ¿Sus desafíos? ¿Mis palabras reflejarán sensibilidad o, Dios no quiera, falta de sensibilidad?

Sí, quizás la conversación será un poco más incómoda. Puede que incluso impida que una conversación se desarrolle. Pero probablemente era mejor evitar esas conversaciones de todas formas.

El error insensible en la conversación es tan común que tenemos una expresión para eso, “meter la pata”. Hemos tocado un tema doloroso. Hemos tocado un nervio sensible. Nadie considera esto una conducta positiva.

Todo el mundo tiene sus desafíos en la vida. Puede que estemos tan envueltos en nosotros mismos que somos incapaces de notar el dolor de otros y por eso no podemos tomarlo en consideración antes de abrir nuestras bocas. Pero eso no es aceptable.

Debiéramos ser conscientes del dolor de nuestro amigo. Debiéramos tomar conciencia de sus desafíos. Debiéramos estar al tanto de sus luchas. Debiéramos ser sensibles a los temas delicados en sus vidas.

Sí, es más difícil. Sí, puede que la conversación sea menos fluida. Sí, puede que tengamos que soportar el silencio. Pero guardar silencio, no tener nada que decir, o incluso ser considerado un extraño socialmente, es mejor que abrir nuestra boca y causar un mundo de dolor. Ante la duda, debemos abstenernos y mordernos la lengua. El silencio es a veces más poderoso que la palabra.