Tenemos que enfrentar preguntas no solamente sobre la viabilidad de un distanciamiento social futuro y en curso, sino también sobre trabajar remotamente y enseñar vía Zoom.

¿Cuáles son los beneficios y cuál es el precio? ¿Cómo tomamos la mejor decisión para todos? No estoy hablando de niños en edad escolar. Para eso confío en un titular del Wall Street Journal: “Los resultados del estudio remoto ya están: ¡no funcionó!” (¡publiqué esto recientemente en el chat de nuestra familia, recibiendo grandes aplausos y porras por parte de las ahora validadas madres jóvenes del grupo!).

¿Pero qué pasa con los adultos? ¿Qué hay de las mujeres con quienes yo solía encontrarme en persona, ya sea en clases privadas o en grupos? ¿Es Zoom una estrategia viable a largo plazo? Anoche cuando terminé una clase, una de mis alumnas comentó que “Ella podría acostumbrarse a este estudio por Zoom”. No requiere conducir, no requiere pasar tiempo fuera de casa, no tiene que preocuparse por su atuendo y mi anfitriona usual mencionó, “no se necesita limpiar la casa”. Definitivamente hay grandes ventajas. Es tan conveniente poder caminar desde la mesa del comedor hasta nuestro computador en vez de enfrentar un camino de 45 minutos de ida y de vuelta. ¡Yo definitivamente me podría acostumbrar a eso!

Pero… hay algo que se pierde. Se pierde menos en las citas personales que en las llamadas grupales. E incluso con todas las campanas y chiflidos que Zoom ha desarrollado para lidiar con nuestro mundo dependiente del Wi-Fi, hay algo que falta. En realidad, ¡más que algo! Primero, es muy difícil tener una discusión. A mí no me gusta dar “conferencias”. Me gusta que todos aprendan el uno del otro. Esto es un desafío aún más grande por Zoom. Es difícil que los participantes interactúen con sus compañeros. Es difícil desarrollar una conversación significativa. Esto en sí mismo es un gran problema y lleva también a otro problema: una carga mayor sobre el maestro para mantener el ritmo de la clase y a los alumnos concentrados. Encuentro que hablo más y miro constantemente la pantalla preguntándome si realmente me están escuchando al otro lado.

Y la razón por la que me pregunto si me escuchan demuestra a su vez otra desventaja de Zoom: es extremadamente difícil —casi imposible— leer el lenguaje corporal. No solamente cuando enseñas, sino que en todas nuestras interacciones interpersonales, nos apoyamos mucho en el lenguaje corporal. Puede ser que no notemos cuán dependientes somos de todas esas pequeñas señales hasta que ya no están allí. Enseñar no es una “calle de un solo sentido”. Se supone que debe ser una relación recíproca. Es difícil crear eso a través de Zoom; es difícil experimentar reciprocidad. Es difícil saber si el grupo está contigo o no. Y, por ende, es difícil responder a sus estados de ánimo, sus preguntas, sus preocupaciones, su interés o su falta de él. Esto para mí es la mayor desventaja de Zoom.

Pero no es la única. Dado que muchos de nosotros estamos refugiándonos en lugares con otros miembros de la familia, la privacidad es una comodidad preciada. Es bastante distractor para el maestro cuando familiares —y mascotas— pasan por detrás de la pantalla, con diversas vestimentas ¡o sin! A veces veo a mis alumnas en medio de una conversación (al menos están silenciadas) con sus esposos o hijos durante la clase. Lo entiendo. Cuando trabajas desde casa, tus hijos esperan que estés completamente disponible y no les importa interrumpir clases, momentos de tranquilidad o llamadas para compartir su más reciente pensamiento. Esto también puede ser una distracción.

Además, en esa búsqueda por un lugar tranquilo en un hogar ocupado y atiborrado, muchas mujeres escogen su habitación. Entiendo por qué lo hacen. Pero cuando se acuestan en sus camas durante la clase… bueno… es obvio lo que viene a continuación, ¡ver a alguien quedarse dormido mientras enseñas es quizás el desafío más problemático de todos! Es difícil no tomarlo de manera personal como un reflejo de la clase que estás dando (!) y solamente atribuirlo al ambiente demasiado cómodo.

Yo misma no he asistido a clases en las noches por años porque tiendo a quedarme dormida en ellas. Pero una cosa es quedarse dormido en un auditorio repleto de personas (sigue siendo vergonzoso, pero probablemente pasa un poco más desapercibido) y otra completamente diferente es hacerlo en una pequeña clase por Zoom en donde todos ven a todos en sus pantallas. En resumen, o no hay suficiente lenguaje corporal o, en este caso, ¡hay demasiado!

No sé lo que vendrá. No sé cuándo nos sentiremos cómodos de estudiar juntos en persona nuevamente. Y no sé, si es que tuvieran la opción, si mis alumnas decidirían estudiar remotamente o asistir a clases. En realidad, yo tampoco sé lo que quiero (aunque si sé cuánto estoy disfrutando no tener que conducir), pero sí sé que una cierta cantidad de estudio remoto y clases por Zoom llegaron para quedarse. Y también sé que tenemos que encontrar una forma de sacarle el mayor provecho posible.