Hoy tuve una experiencia inquietante. Fue algo muy pequeño, pero me molestó. De hecho, puede que incluso ustedes se rían.

Estaba manejando en un barrio judío y alguien se metió descaradamente frente a mí en el carril para doblar. No era un caso de “estar perdido y luego desesperadamente intentar encontrar tu camino de regreso al carril correcto”. A mí también me ha pasado eso y cuando veo que alguien de verdad está perdido intento ser generosa y entender la situación. Pero esto fue simplemente impaciencia y jutzpá. Sí, fue algo pequeño, pero yo estaba realmente molesta.

En mi siguiente parada, tuve una experiencia placentera. Mi hija y yo estábamos esperando a que se desocupara un lugar en una cafetería en donde una mujer se levantó para darnos su mesa. Yo sé que ella se fue antes de lo que quería porque nos vio paradas ahí. En dos situaciones comunes yo podía sentirme desanimada respecto a la humanidad o alentada. Y me di cuenta —no por primera vez, pero claramente necesitaba el recordatorio— de que siempre es una elección personal.

Podemos enfocarnos en lo bueno del mundo o en lo malo, en los actos de bondad de extraños —y de seres queridos— o en los crueles. Un camino lleva a una vida de felicidad y luz, el otro a oscuridad y depresión. No podemos cambiar las conductas de los demás, pero podemos cambiar en que escogemos enfocarnos.

Esto no es tan fácil como suena. En primer lugar, nuestra posición por defecto —y la de la mayoría de nuestros amigos y conocidos— es contar las historias negativas. Rara vez las personas se sientan a “chismear” sobre amabilidad y bondad y cosas maravillosas que nos pasaron a nosotros y nuestros amigos.

También nos vemos amenazados en nuestra búsqueda de positividad por los medios de comunicación, redes sociales y otros. Las noticias no están llenas de historias conmovedoras sobre la bondad de la humanidad. La televisión y las películas hablan sin parar de traumas y catástrofes, y en Facebook ¡los posts positivos quieren hacernos sentir mal a todos!

Así es que parece ser una batalla cuesta arriba. Algunos días logro ganar una pequeña lucha y otros días —como hoy—, me vengo abajo por culpa del egoísmo. Y casi siempre son las cosas pequeñas. Todavía recuerdo estar esperando en fila en una tienda de ropa cuando una mujer se puso delante nuestro diciendo que ella no nos estaba quitando el lugar, sino que solamente necesitaba sentarse. La línea era larga y se estaba moviendo lento, mis hijas y yo fuimos solidarias. Por supuesto que la dejamos sentarse. Pero confieso que me sorprendí cuando, contrario a su aclaración anterior, ella tomó el turno antes que nosotras, sin ningún tipo de vergüenza.

Ahora, ¿por qué no puedo olvidar este incidente? No la conozco. Nunca la voy a volver a ver. Y realmente no importó tanto al final. ¿Por qué dejo que ocupe lugar en mi cabeza en vez de tirarlo al tarro de basura? Le di poder y le permití que me hiciera tener una visión más negativa de las personas. No luché en contra.

Lo cual es un poco irónico, porque es el completo opuesto del consejo que le di al hijo de una amiga el otro día. Este adorable joven tuvo una experiencia de secundaria difícil. El director había sido bastante cruel con él y se vio obligado a dejar la escuela. Él estaba lleno de enojo y amargura. Sin embargo, en medio de esa dolorosa experiencia, un director de otra escuela condujo una hora fuera de su camino para reunirse con este joven, para hacerse amigo de él y ofrecerle un lugar en su secundaria. Mi consejo para él fue el mismo que debería haberme dicho a mí misma —y lo que necesito decirme cada día— no te enfoques en las personas que fueron crueles contigo, enfócate en las que fueron amables.