Siempre creímos en el poder del refuerzo positivo. Nuestra estrategia de educación ha reflejado la filosofía de que el soborno funciona mejor que las amenazas, y que las amenazas debieran ser utilizadas solamente si hablas en serio (un consejo: ten cuidado, a veces un castigo como quedarse en casa y perderse una experiencia divertida con amigos ¡termina siendo a costa nuestra!). En general, esta aproximación ha sido exitosa y nos hemos mantenido fieles a ella.

Es por eso que nos quedamos sin respuesta la otra noche cuando surgió una situación que no encajaba con nuestro hasta ahora exitoso modelo. Le dimos a nuestro adolescente una cierta hora de llegada. Como todos los adolescentes, él se quejó de que era demasiado temprano (creo que no importa qué hora sea, ¡esa es la respuesta estándar!). Nosotros no cedimos. Él argumentó que no iba a conducir, y que por lo tanto, no tenía control sobre la hora de regreso. Nosotros argumentamos que él tenía que advertirles a sus amigos de su situación. Y así siguió la discusión, para un lado y para el otro. Él argumentó que no podía “obligar” a sus amigos a hacerle caso. Nosotros fuimos inflexibles y le dijimos que no era seguro estar afuera más tarde que eso y, que para que nosotros pudiéramos irnos a dormir tranquilos, él tenía que estar de vuelta en casa a una hora razonable. Finalmente él cedió (era eso o quedarse en casa).

Probablemente ya se imaginan el desenlace de esta historia. Él llegó a casa pasada su hora de llegada. Nosotros estábamos enojados, frustrados y agotados. “Estás castigado”, le dijo mi esposo. “Pero, pero, pero…” murmuró nuestro hijo, pero nosotros nos mantuvimos firmes. Teníamos reglas y no fueron cumplidas. Hasta ahora todo estaba en orden.

Ahora podíamos relajarnos e ir a dormir. El verdadero problema comenzó en la mañana. “¿Qué implica estar castigado?”, preguntó mi hijo adolescente. Nosotros nos quedamos sin respuesta. No habíamos castigado a nadie antes. Esto no encajaba en nuestro estilo de educación de “refuerzo positivo”. ¿Cuál era la respuesta ante esa pregunta?

Además, dado que él aún no sabe manejar, ¿qué nuevas limitaciones podríamos imponerle en realidad? Era un dilema y no lo resolvimos tan fácilmente. Mientras tanto, el resto de la familia pensó que era bastante gracioso y se rieron mucho de lo absurdo de la situación: un joven está castigado y no tiene la más mínima idea de lo que eso significa.

Finalmente llegamos a un acuerdo. Mi hijo argumentó una vez más que él le había dicho a sus amigos que tenía que estar en casa a cierta hora, que tanto él como ellos habían hecho un gran esfuerzo para cumplir, que el atraso había sido solamente unos cuantos minutos y que no podíamos ser tan inflexibles. En este punto aceptamos su argumento, ya sea porque estábamos desgastados, porque tenía sentido o porque no podíamos realmente definir lo que significaba estar castigado.

Ciertamente no fue nuestro mejor momento como padres (!) pero realmente pienso que nuestro adolescente entendió el mensaje. Él sabía que estábamos enojados. Él entendió que la hora de regreso significaba algo, que ciertos límites son necesarios e incluso (bueno quizás estoy llevando esto demasiado lejos) que se deben respetar los sentimientos y las necesidades de los padres.

Todos aprendimos una lección. Y él no ha llegado tarde desde entonces (pero no nos pongas a prueba; ¡estaremos mejor preparados la próxima vez!).