Con la gran afluencia de judíos de la antigua Unión Soviética a Israel en los años '90, hubo un tremendo esfuerzo de kiruv. Había tantos de nuestros hermanos, viniendo de un restrictivo y punitivo régimen soviético que prohibió y denigró la práctica de la religión por tanto tiempo. Ahora podíamos exponerlos a la sabiduría y la belleza de nuestra herencia. Estábamos emocionados con la oportunidad.

Pero nuestros esfuerzos no tuvieron mucho éxito, y creo que entiendo por qué: no aprendimos las lecciones del Éxodo de Egipto.

O, como un judío ruso nos dijo, "Es como poner un pollo en el congelador durante 70 años y luego esperar que vuele".

Había muchos pasos que debían recorrerse para dejar la "Madre Rusia" y abrazar una relación con Dios y la Torá.

Asimismo, el éxodo de Egipto y la recepción de la Torá no fueron eventos simultáneos. No ocurrieron al mismo tiempo. Fue un proceso.

Primero el pueblo judío necesitaba libertad física. Pero eso no era todo, quizás ni siquiera era el componente más importante. Necesitábamos libertad psicológica también, una libertad que esté siempre disponible sin importar las circunstancias, una libertad que es incluso más crucial.

Quizás ninguna figura judía contemporánea nos enseñó esta lección de forma más elocuente que el ex refusenik, Natan Sharansky, quien es hoy en día el presidente de la Agencia Judía. No solamente él aprendió hebreo a través de las tuberías de plomería (a través del baño para ser exacta) que iban desde su celda hasta la de un compañero viajero, sino que en el momento en que su libertad física parecía inminente, él lo arriesgó todo por su libro de Salmos, su fuente de consuelo, resistencia, identificación y sustento espiritual durante esos sombríos días.

La libertad psicológica es más necesaria que la libertad física y, sin embargo, es mucho más difícil de alcanzar.

Empezamos con Pesaj. Empezamos con libertad física. Empezamos liberándonos de la tiranía de otras naciones. Pero necesitamos nuestra libertad psicológica también. Y comenzamos este proceso en Pesaj también.

Pero no lo culminamos sino hasta siete semanas después, en Shavuot, la fiesta que celebra la entrega de la Torá. Dios sabe que el cambio real no ocurre de la noche a la mañana (¡sin importar lo que digan nuestros políticos!).

Y para muchos de nosotros, siete semanas no es un período suficientemente largo como para romper los hábitos de una vida entera (o incluso del último año) y ciertamente no será suficiente si no ponemos el tiempo y esfuerzo necesario en ello.

El Éxodo de Egipto es un regalo de oportunidad. Es un regalo de potencial. No es el final de la historia, sino el comienzo. Es nuestro trabajo escribir los capítulos siguientes, liberarnos de todo tipo de esclavitud y subordinarnos solamente a Dios.

Es una tarea muy difícil, ¡incluso si no hemos estado en el congelador por 70 años! Es una tarea que no podemos completar durante la semana que dura la fiesta. Pero necesitamos comenzar. Como dice en Pirkei Avot, "Nuestro trabajo no es completar la tarea, sin embargo, no podemos desentendernos de ella". Debemos dar los primeros pasos y Dios —quien nos sacó de la esclavitud hace tanto tiempo—, nos llevará el resto del camino.