“Quiero invitarte a la cena de Shabat”, le dijo mi esposo a uno de sus alumnos. “Nos encantaría tenerte como invitado”.

“Me temo que no podemos”, respondió el invitado. “Mi esposa y yo somos foodies y me temo que la comida no será suficientemente buena”.

Nadie podría inventar una excusa como esta. Mi esposo estaba perplejo y mudo (¡lo cual para un rabino es una condición bastante inusual!).

Los modales de esta persona (o la obvia falta de ellos) hablan por sí mismos. ¿Pero que hay de sus valores? ¿Qué lo llevó a pensar que esta sería una respuesta apropiada? ¿Y por qué está orgulloso de definirse a sí mismo como “foodie”? En la vida judía, discutimos frecuentemente la pregunta de: ¿Estás viviendo para comer o comiendo para vivir? Y a pesar de en algunas ocasiones podemos comportarnos como si estuviéramos “viviendo para comer”, nuestro yo interno reconoce que debiera ser lo opuesto.

Y a pesar de que me gusta cocinar, me gusta comer, me gusta compartir recetas e incluso co-fundé un sitio web de cocina, no me considero una “foodie”. Quiero compartir recetas para poder preparar una buena cena para mi familia (¡y los invitados que aceptan nuestras invitaciones!) pero no tengo mucho más que agregar al respecto. “Sabe bien”. “Fue fácil de preparar” (¡una gran ventaja en mi opinión!). “Así es como se prepara” o “¿Me puedes dar esa receta por favor?”. Eso es suficiente para mí.

Si me invitan, ciertamente disfruto la comida si mi anfitriona es una buena cocinera, pero si no es el caso, igual estoy feliz de estar con amigos y tener una conversación significativa ¡sin importar cuan seco esté el pollo o cuán aburridos sean los acompañamientos!

Es cierto que la comida es una gran parte de toda festividad judía (ya conocen el viejo chiste que termina con “comamos”) pero se supone que tenemos que elevarla. La comida es la herramienta para ayudarnos a conectar nuestros cuerpos con la fiesta y finalmente conectar nuestra alma con Dios. La comida es el medio no el fin.

Puede ser un medio maravilloso. Todos los deliciosos colores, sabores y especias existen para aumentar nuestra admiración por el mundo que Dios creó y profundizar nuestra gratitud. No están para transformarse en una obsesión, o para generar críticas constantes o para que seamos quisquillosos (justamente lo opuesto a ser agradecido). No corremos a la mesa como los perros de la propaganda de Purina Dog Chow sino que nos acercamos de forma digna como corresponde a un ser humano que se identifica más con su alma que con su cuerpo.

Cuando alguien no quiere ser amigo de nuestros hijos, nosotros los consolamos con “ellos pierden”. Eso es lo que me dije a mí misma sobre el alumno de mi esposo. Pero no es que pierden por la comida (¡que sí estaba deliciosa!), sino porque su actitud limita su disfrute de la vida y su desarrollo como seres humanos. Y ciertamente limita su habilidad de conectarse con su Creador. Es su pérdida porque ellos están viviendo para comer y, finalmente, eso no es suficiente para sustentarnos (sin doble sentido).