Estaba conduciendo por las calles de Los Ángeles el otro día. Llegué a una intersección más o menos al mismo tiempo que otro conductor, posiblemente un poco antes. Debido al “posiblemente un poco antes”, empecé a avanzar despacio hacia la intersección. Fue bueno que me moví despacio porque aparentemente el otro conductor no estuvo de acuerdo con mi evaluación de la situación y agresivamente arremetió su auto hacia adelante. Me detuve y lo dejé pasar. Cuando pasó, hizo un gesto obsceno con su dedo hacia mí.

Yo quedé completamente sorprendida. ¿Qué había hecho yo para merecer ese nivel de hostilidad? (respuesta: nada). ¿Una posible demora de dos segundos merecía una respuesta tan fea? ¿Por qué invertiría él un nivel tan intenso de furia y vulgaridad en una situación menor? (especulación: quizás tuvo una pelea con su esposa esa mañana).

Fue un encuentro muy breve pero el desagrado se quedó conmigo todo el día. Fue extremadamente incómodo estar expuesta a ese nivel de veneno.

Él se fue demasiado rápido como para que yo alcanzara a responder —de la misma forma (cosa que nunca hago) o al revés—. Pero ese no era realmente mi objetivo. Lo que yo quería era entender: ¿Por qué una acción tan simple provoca ese nivel de enojo y, más importante aún, como debía responder yo? No al conductor sino ante mi agitación emocional interna.

Poco a poco me fui calmando y me di cuenta que fue tonto darle a este anónimo californiano poder sobre mí. Él no es alguien con quien quiero entablar una amistad ¡o siquiera conocerlo! Entonces, ¿por qué me importa como se comportó?

La verdad, simplemente debería sentir lástima por él. Me siento mal por quienes tienen muy poca paciencia; por quienes responden de manera agresiva demasiado rápido. Siento compasión por cualquier ser humano cuyo dolor es tan grande que sus reacciones son tan desproporcionadas. Sólo puedo suponer que él debe ser muy infeliz. Las personas alegres que disfrutan sus vidas no se comportan de esta forma.

Y hay más. Hay seis mitzvot constantes en la Torá que son aplicables en cada segundo de la vida de un judío. Una de ellas es que no hay otros poderes fuera de Dios. Cada vez que le doy a otra persona la habilidad de afectarme emocionalmente, he abdicado el control sobre mi propia vida y he disminuido mi confianza en Dios. Es un alto precio para pagar por un conductor disgustado.

Así que voy a avanzar y cambiar mi actitud. No le voy a dar más poder sobre mi vida a conductores furiosos. Así que si me ven conduciendo por las calles de LA y doblo en un lugar incorrecto o no me detengo completamente o me cambio de carril sin señalizar, no pierdan su tiempo con gestos desagradables. Ni siquiera los voy a notar.