Me di cuenta de un patrón recientemente. Por alguna razón he tenido la oportunidad de visitar a varias amigas diferentes que todavía tienen niños en casa, de ocho años o menos. Y por alguna razón (¡completamente inexplicable ya que no soy realmente una persona que le gusten los niños!) he terminado jugando con ellos. En cada caso, sin excepción, las reglas cambiaron todo el tiempo a medida que jugábamos, con un objetivo en mente, asegurar que mi joven compañero ganara.

Al principio los excusé. Quizás son demasiado jóvenes para entender las reglas. Quizás es más divertido inventarlas a medida que vas jugando. Pero el patrón continuó, en cada casa, con cada niño —el inteligente y el menos inteligente, el hiperactivo y el tranquilo, el obediente y el desafiante— todos ellos, sin hilar demasiado fino, hicieron trampa.

¿Acaso son tan inseguros que no pueden soportar perder?

Quizás estoy exagerando. Esta podría simplemente ser la forma de actuar de los niños pequeños, algo que pasará a la historia cuando crezcan. Quizás… Esperemos que si… Pero tengo dudas. ¿Acaso ganar se ha vuelto tan importante que nuestros niños creen que tienen que ganar a toda costa? ¿Acaso son tan inseguros que no pueden soportar perder?

Si esto es verdad, estamos en problemas y todos nosotros —padres, educadores, abuelos, tías, tíos— tenemos que trabajar juntos para ponerle fin a esta destructiva tendencia.

No es que me importe perder; mi destreza en básquetbol y ajedrez no son componentes vitales de mi autoestima. Pero no se rían. Hay adultos que son tan competitivos (léase: necesitados e inseguros) que no pueden soportar perder, incluso ante sus propios hijos. Un amigo mío me contó que dejó de jugar ajedrez con su padre porque los berrinches que su padre hacía al perder, opacaban cualquier tipo de placer que pudiese haber en el juego. ¿Qué mensaje recibieron sus hijos sobre ganar?

Siento que nuestra sociedad se ha convertido en un juego en donde “todos tienen que ser ganadores”. Nada es peor que perder…

Al impartir esta lección, estamos impidiendo que nuestros hijos atraviesen ciertas experiencias de vida importantes y definitorias: lograr cosas por sí mismos (sin manipular los resultados) y aceptar las consecuencias del fracaso y aprender a partir de ellas. Crecemos como personas cuando triunfamos, pero crecemos incluso más cuando fracasamos, al levantarnos y empezar de nuevo, al no tener miedo de tomar riesgos incluso si a veces nos tropezamos. Puedes ser un esquiador mediocre que nunca se cae bajando la colina. O puedes ser uno excelente que cayó muchas veces para llegar a la cima.

Con un posible dejo de ironía (o no), Pierre de Coubertin, el fundador del Comité Olímpico Internacional dijo “La cosa más importante en la vida no es triunfar sino luchar”.

¿Se dan cuenta de esto los ganadores? Los perdedores ciertamente sí.

No es demasiado tarde para los niños de hoy en día. Pero depende de nosotros cambiar el mensaje: “Lo que importa es el esfuerzo” “Haz tu mejor esfuerzo” “Ser un mensch (persona íntegra) es más importante que ganar” “De hecho, ser un mensch es lo más importante”.

La mayoría de los padres conscientes de sí mismos saben que esto es verdad. ¿Pero realmente lo pensamos cuando lo decimos? ¿Estamos viviéndolo nosotros mismos?

Si queremos proveer un futuro mejor para nuestros hijos tenemos que determinar quiénes somos primero: ¿ganadores o seres humanos decentes? Y, además, tenemos que determinar qué queremos realmente para nuestros hijos.