Mientras esperamos que nuestra casa esté lista, estuvimos usando el gimnasio local, por supuesto que vestidos con recato y con mascarillas (para calmar las preocupaciones de los lectores). Aunque hacer ejercicios con una mascarilla puede ser todo un desafío (mi esposo sugirió que estaremos preparados para correr a gran altitud, aunque nunca anticipé esa necesidad), estamos agradecidos por haber tenido la oportunidad. Aunque no planeamos seguir yendo una vez que nuestra casa esté lista con nuestro propio equipamiento, hay algunos aspectos de la experiencia que nos sorprendieron y que no tienen nada que ver con la calidad del caminador ni con la cuidadosa higiene de los procedimientos.

Cada día, al entrar al gimnasio, nos toman la temperatura (hay muchas personas con COVID que no tienen fiebre y yo siento que eso se asemeja un poco a hacer que todo el mundo se saque los zapatos en el aeropuerto, pero eso es un tema aparte). Algunos de los empleados lo hacen de una forma muy rutinaria y pronuncian algo así como "está bien". Otros adoptan un enfoque completamente diferente. Con una gran sonrisa te dicen "hola" y "estás listo para comenzar".

Un escenario similar tiene lugar al salir. Uno debe ser registrado para que controlen la cantidad de gente (trabajan sólo al 25% de la capacidad del gimnasio). Cuando sales, algunos empleados simplemente te ignoran. No hay nada que necesiten hacer ni decir, así que no hay ningún problema. Pero otros (los mismos que nos recibieron con una sonrisa), notan que nos vamos, vuelven a sonreír y nos desean un buen día.

No conozco sus nombres ni sé nada de sus vidas. No espero volver a verlos cuando nos mudemos, pero ellos cambiaron toda mi experiencia en el gimnasio. Llego al caminador de mejor humor (lo cual no es insignificante, porque por lo general confío en que el ejercicio mismo me ayude a cambiar mi estado anímico), y camino hacia el estacionamiento de mejor humor, no sólo alentada por una buena sesión de ejercicios sino también por los buenos deseos.

Ya lo dijeron antes, pero pienso que nunca se lo puede repetir lo suficiente: qué gran diferencia marca una sonrisa, un saludo amigable, una conexión humana. Esto siempre es cierto, pero mucho más en nuestra época desconectada y solitaria.

Parece algo tan pequeño, que no requiere demasiado esfuerzo, sin embargo, no todos los empleados lo hacen. Y tampoco lo hacemos todos nosotros.

También noté otros pequeños gestos que marcan una gran diferencia: los compañeros entusiastas del ejercicio que me abren la puerta al salir o entrar y los que no lo hacen, los que dicen buenos días (al menos eso es lo que parece debajo de la mascarilla), y los que no lo hacen… Entiendes la idea.

Las cosas pequeñas son las que nos hacen sentir que alguien nos ve, que somos parte de una comunidad (sin importar cuán flexiblemente la definamos), el reconocimiento de nuestra humanidad compartida.

Puedes pensar que exagero un poco, ¡a fin de cuentas es sólo una sonrisa o un saludo! Pero en verdad no lo es. Al valorarlo, me esfuerzo y coloco mi lupa hacia adentro. Me veo obligada a enfrentarme a mí misma y preguntarme si yo sonrío, saludo o simplemente me doy vuelta y sigo mi camino. ¿Miro a los desconocidos como irrelevantes en mi vida o como compañeros de viaje? En nuestro mundo polarizado y distanciado, estos pequeños actos pueden marcar una gran diferencia.

Es muy difícil leer las emociones detrás de la mascarilla. Es parte de lo que hace que la comunicación sea tan difícil en estos días. Pero uno puede ver una sonrisa. Puedes reconocerla porque el rostro de la persona se ilumina, por la forma en que se mueven sus músculos, por la forma en que se encienden sus ojos. Te puedes dar cuenta.

Por lo tanto, agradezco a todos los que me sonríen en estos días (y todos los días), ya sea en el gimnasio, en el supermercado, en el consultorio del médico o en la farmacia (ese es el alcance de mis salidas), y me esfuerzo para devolver una sonrisa. Esto no va a cambiar todo, pero creo que es un buen comienzo.