Con todas las donas coloridas en exhibición (¡además de las sufganiot con mermelada, por supuesto!); con todos los sevivonim, monedas de chocolate y decoraciones de Janucá; con todos los regalos envueltos, las galletas de Janucá para decorar y los manteles para colorear, se nos podría perdonar si pensáramos que Janucá es una festividad para los niños, y que una vez que los niños crecieron y ya no viven en casa, la obligación de celebrarla es mucho menor.

Nada puede estar más lejos de la verdad.

Si bien Janucá, como la mayoría de las festividades judías, tiene componentes que alientan a los niños pequeños a participar, el mensaje se dirige mucho más a los adultos. Se nos ordena celebrar la festividad incluso si estamos solos en la casa (lo cual, dado que el COVID-19 continúa presente, es bastante probable).

¿En qué tenemos que enfocarnos para asegurar que nuestro Janucá sea significativo y para dar realce a nuestra experiencia de la festividad? (Una pista: no en los latkes).

Encontré una bella idea que tiene sus raíces en las famosas discusiones entre Hilel y Shamai. Ante la pregunta: "¿Se puede usar una vela de Janucá para encender otra?", Shamai insistió que no se podía. "¿Cómo puedes disminuir una vela para encender otra?", preguntó.

Pero Hilel veía la situación desde otra perspectiva. "Cuando uso una vela para encender otra, ambos nos beneficiamos". En otras palabras, si uso la llama que arde en mi interior para encender la llama de otra persona, mi fuego interior no se extingue. De hecho, incluso arde con más fuerza. No pierdo mi luz al encender la vela de otro; me beneficio. Al ayudarte, yo soy el que crece.

De la misma manera que una mitzvá lleva a otra, así también una luz lleva a otra, hasta que tenemos una gran llama, hasta que la luz de esa vela original ilumina a todo el mundo.

En Janucá, tomemos la luz que brilla en nuestro interior, la luz de nuestra alma, y compartámosla con los demás, para que juntos podamos iluminar nuestro mundo.

Janucá es también la festividad de la consagración o más específicamente la re-consagración. Cuando la luz pura de la Menorá volvió a arder en el Templo, nos volvimos a comprometer con los valores que ella representa. Nos volvimos a consagrar a la conexión con Dios y a seguir Su Torá. Nos recordamos que a pesar de la oscuridad que nos rodea siempre habrá luz.

Este mensaje es atemporal y este año resuena de forma especial. No basta con pensarlo, saberlo, escribirlo, ni siquiera con discutirlo con los miembros de la familia. Esta es una nueva consagración que necesitamos gritar desde los tejados, o de forma más práctica, desde la janukiá encendida en nuestra ventana. Porque es una idea que queremos y estamos obligados a compartir con el resto del mundo.