Ya lo sé. Yo sé que nuestros esposos (¡y nuestros hijos!) no saben leer la mente. Sé que si quiero que hagan algo tengo que pedirlo claramente. Sé que si quiero un regalo en particular tengo que ser muy específica (mandar el link por email siempre ayuda). Sé que no puedo dar nada por sentado y que, después de expresar mis necesidades, debo estar agradecida cuando son satisfechas.

No sólo sé todo esto, sino que he desarrollado toda una serie de clases sobre el matrimonio, donde les digo a las novias lo importante que es entenderlo.

Entonces, ¿por qué le grité a mi esposo la otra mañana? “¿Por qué siempre yo?”, me quejé. “¿Nadie más se da cuenta que el secarropas está lleno, que hay que lavar los platos, barrer el piso, limpiar la mesa, hacer las camas?”, despotriqué. Y no había terminado. “No es justo”, me quejé como niña de dos años, “yo tengo que hacer todo en esta casa. Es desagradable despertarse a la mañana y que te esperen todas esas tareas...”

De hecho, lo es. Pero mi berrinche no ayudó. Bueno, en realidad si ayudó, un poco. Ese día mi esposo rápidamente hizo la cama (¡¿quién se hubiera imaginado que se podía utilizar tanta creatividad en una actividad tan mundana?!) y vació el lavaplatos (sí, afortunadamente tengo uno). Regularmente estuvo arrojando prendas en el secarropa, sólo para que yo le grite que esas cosas tienen que colgarse. Él intentó ayudar. Pero, por supuesto, yo no estoy satisfecha, porque nunca es suficiente. Y no lo valoro, porque ¿acaso no debería hacer él su parte?

De acuerdo, estoy exagerando, pero sólo un poco. Estoy avergonzada de mi conducta. Realmente actué como una niña malcriada. He transgredido todos los principios del matrimonio y de educación que conozco. Y lo justifiqué con un equivocado sentido de justicia personal.

Pero la verdad es que si decido jugar a ser mártir, sólo me tengo que culpar a mí misma (en contra de la creencia popular, ¡no está en el ADN de las mujeres judías!). Me permití a mí misma caer en la trampa de la autocompasión y en una conducta autodestructiva. No se trata de mi esposo o de mis hijos; se trata de mí.

En realidad tengo un esposo que ayuda mucho, pero dado que su visión de las necesidades del hogar y lo que es imperativo no siempre coincide con la mía, tengo que darle dirección si quiero que algo se haga. Eso no es mucho pedir. Honestamente, ¿cómo puedo esperar que lo sepa de otro modo? ¿O que le importe?

A menudo me doy cuenta que aunque a mí me gusta que las toallas del baño queden ordenadas después de ser usadas, para él eso es irrelevante. Es como si yo hablara en un idioma diferente. Reconozco que nunca peleo con él por eso. ¿Por qué con estas otras cosas es diferente?

La verdad es que no lo es. Parte del problema es mi propia compulsión a hacer las cosas en cuanto me levanto o según mi propio programa. Si fuera más paciente, podría recibir más ayuda. Puede ser que sólo tenga que esperar para recibirla. Esta es una situación clásica (¿verdad señoras?). Así que tengo que elegir: hacerlo yo misma a mi ritmo y quejarme, o que otro lo haga más tarde a su ritmo, ¡y quejarme!

En realidad tengo que escoger la alternativa de no quejarme. Y tengo que cambiar mi perspectiva matutina. Cada día al levantarnos, los judíos le agradecemos a Dios por devolvernos nuestras almas, por la posibilidad de un nuevo comienzo y la oportunidad de enfrentar los desafíos de un nuevo día. Puedo enfocarme en eso o en los platos y la ropa sucia. Puedo ser gruñona o alegre, sentir que se aprovechan de mí o enfocarme en lo bueno de mi vida, jugar a ser mártir o estar agradecida por mi hogar y por mi familia.

Yo lo sé. Y llegó el momento de actuar de esa manera.