Era el último día de las vacaciones de invierno. El sol estaba brillando, el océano estaba calmo y azul, y la temperatura rondaba los 20 grados. No habíamos hecho ningún viaje familiar durante este tiempo así que decidimos salir a lo grande e ir a pasear en Segway por la playa. Si aún no lo han probado, andar en Segway es muy divertido – especialmente cuando se hace en tal escenario. (También lo hice recientemente en Talpiot en el Paseo Haas con vista a Jerusalem - ¡eso si que es hermoso!).

De todas formas, la vista era espectacular, el clima perfecto (¿ya mencioné eso?) y había un desafío adicional de intentar zigzaguear entre los peatones y los ciclistas. Mientras pasábamos a un grupo de ciclistas, escuché a un tipo murmurarle a otro, mientras miraba en nuestra dirección, "Ellos son tan flojos".

Al principio estaba indignada. ¡¿Cómo se atreve?! ¡Él ni siquiera me conoce! ¿Debería parar y decirle que ya hice mi rutina de ejercicios del día; que lo hice antes de venir a la playa?

Luego comencé a reír de lo absurdo de la situación. ¿Por qué me importa lo que piensa un completo extraño? ¿Por qué siento la necesidad de justificar mis actividades y elecciones? Un simple gruñido o, mejor aún solamente ignorarlo, hubiera sido suficiente.

Finalmente tuve el pensamiento más aleccionador. Yo había sido “él” en otra ocasión. Nosotros frecuentemente vamos a andar en bicicleta por la playa y siempre vi a esas personas que paseaban en Segways y pensé que eran flojos. Me sentí virtuosa y superior por el hecho de que yo estaba andando en bicicleta y ellos estaban simplemente paseando. ¿No reconocían ellos cuanto más saludable era mi actividad que la de ellos? ¿No les importaban sus cuerpos y su salud? Cuán auto-indulgentes eran ellos…

Nunca se me ocurrió que quizás ellos, así como yo la semana pasada, no estaban ahí por el ejercicio, sino que simplemente se estaban divirtiendo. E incluso más que eso, estaban pasando un tiempo de calidad con la familia. Era una oportunidad de recorrer la hermosa costa.

Y peor que eso, fui tan rápida para juzgar – completos extraños, de cuya vida no sabía absolutamente nada, fui rápida en poner un giro negativo en sus actividades y motivaciones. Puede que nunca haya murmurado las palabras, pero mis pensamientos fueron fuertes. Me avergoncé de mi propia superficialidad.

¿Por qué sentí la necesidad de juzgarlos? A veces cuando han herido nuestros sentimientos, puede ser un desafío cumplir la mitzvá de juzgar a otros favorablemente. Y si embargo debemos tratar. Pero en esta situación, los otros veraneantes no me habían hecho nada a mí. No teníamos ninguna relación. Ellos no me habían hablado. Ellos ciertamente no me habían herido o insultado. Y sin embargo mi reacción instintiva fue criticarlos. No fue un momento del cual estar orgullosa. El deseo de reforzarnos a nosotros a costa de los demás está tan arraigado y es tan insidioso que se requiere vigilancia constante para no ceder. Supongo que mis defensas estaban bajas (¡vean como trato de juzgarme a mí misma favorablemente!) ya que me dejé llevar por el momento. Pero nunca podemos bajar nuestras defensas ¡porque ahí es cuando nuestras inclinaciones básicas ven su oportunidad de atacar y prosperar!

Me gusta pensar que, además de la diversión, el tiempo familiar y la oportunidad de apreciar una vez más el hermoso mundo de Dios, gané un poco de perspectiva – di un pequeño paso adelante en el área de pensar antes de hablar, en estar en constante guardia y juzgar a otros favorablemente.

Resulta que no solamente fue una actividad placentera (lo que definitivamente fue) sino también una oportunidad de crecimiento.

¿Y mencioné el hermoso clima?