Usualmente cuando reflexionamos sobre el maravilloso mundo que Dios creó, nos enfocamos en el reino animal —los majestuosos leones, las elegantes jirafas, los extravagantes osos hormigueros—, o nos maravillamos de la vida marítima —los sabrosos peces de agua dulce, los vibrantes colores de los peces marinos, la fiereza de las pirañas, los tiburones—. Puede que incluso nos impresionemos por la increíble variedad que existe dentro del mundo de los insectos (mi nieto estaba asombrado después de visitar la exhibición de arácnidos en el museo de historia natural local ¡Él incluso me informó que las arañas no son en realidad insectos!)

Pero cuando vi un aviso del campeonato de corredores de toros profesionales, me di cuenta de que frecuentemente nos perdemos a la criatura más increíble de todas: el ser humano.

Hay un concurso para cada tipo de hazaña imaginable (revisen el Libro de los Récord Mundiales Guinness si no me creen), desde hombres fuertes que levantan grandes llantas, refrigeradores e incluso autos y camiones hasta personas que compiten por balancear la mayor cantidad de cajas de leche en sus barbillas (¡sus madres deben estar realmente orgullosas!) hasta (¿quién pensó en esto?) quién se demora menos tiempo en poner seis huevos en tazas utilizando solamente los pies.

Y eso es solamente la punta del iceberg. La creatividad e imaginación de los seres humanos es asombrosa, junto con el deseo de sobresalir en algo, cualquier cosa.

Y una mirada al tipo de trabajos que aparecen en el programa “Trabajos Sucios” de Discovery Channel ilustra aún más cuantos tipos de personas diferentes hay —e intereses y carreras profesionales para ir con ellos—. Sabemos que es verdad pero es impresionante ver la variedad de afinidades, de fortalezas y debilidades, que existen dentro de ésta, la más elevada de las creaciones de Dios.

Hay inspectores de cañerías y personas que hacen maniquíes (creo que los inspectores de cañerías están haciendo un mejor trabajo, mi cañería funciona bien, pero ¿han visto alguna vez un ser humano que se parezca remotamente a esos maniquíes de vitrina o viceversa?). Hay quienes cuyo trabajo es asegurar el apareamiento de camellos (no vi ese capítulo pero no puedo evitar preguntarme: ¿no creó Dios el mundo animal de tal manera que los camellos se aparean sin ayuda humana?) y hay personas que escogieron ser granjeros de avestruces (¿acaso algún niño pequeño le dijo a su padre: “Cuando crezca quiero ser un granjero de avestruces”?).

Hay dentistas para animales grandes (con dientes grandes que “son para comerte mejor”), perforadores de pozos geotermales y, mi favorito, recolectores de vómito de búho (tampoco vi ese capítulo así que no sé en dónde lo recolectan pero creo que puedo decir con certeza que no es similar a tener una colección de sellos postales).

¿Cómo podemos tener intereses y pasiones tan diferentes? ¿Y encontrar una forma de utilizarlos?

Pirkei Avot nos enseña que el hombre sabio aprende de todos. Cada ser humano tiene algo que enseñarnos. Cualquiera que se ha convertido en experto en su campo, quien se enorgullece de su trabajo, puede enseñarnos algo nuevo: ideas interesantes y hechos divertidos, tanto como dignidad y respeto por uno mismo, incluso si trabajan en las alcantarillas.

Nuestras vidas se enriquecen a través de conocer a personas que no son como nosotros, viendo el mundo a través de los ojos de alguien más.

Cuando vamos al zoológico, a todos les encantan los monos y especialmente los gorilas porque son los que actúan más parecido a los seres humanos.

Pero, ¿por qué pasar tiempo observando animales actuar como humanos cuando podemos ver a los humanos mismos (con suerte no actuando como animales)?

Estamos tan acostumbrados a ver personas por todas partes que nos hemos olvidado de verlas realmente. Preferimos ver serpientes exóticas u osos polares.

Pero la verdad es que los seres humanos son realmente fascinantes, cada uno de su forma única. Son un enorme regalo de Dios. Solamente tenemos que acordarnos de mirar.