Los ‘códigos de vestimenta’ ponen a todo el mundo en pie de guerra por dos razones principales (yo personalmente pienso que solamente por el beneficio financiero los padres deberían aceptar los uniformes escolares, pero ese es un punto aparte).

Una de las razones es la búsqueda de individualidad, la posibilidad de expresar la singularidad de uno mismo a través de la vestimenta. Este grito de guerra es uno de los más frecuentemente adoptados por adolescentes buscando independencia. La ironía es que nuestros adolescentes, quienes supuestamente se rebelan en contra de los ‘códigos de vestimenta’ en nombre de la inconformidad, terminan adoptando otro código de vestimenta más conformista que todos, simplemente no es el que la escuela quiere. Pero ciertamente no es coincidencia (y no es expresión de individualidad) que todos lleven tatuajes o piercings de lengua o aretes especiales para agrandar los orificios o ropa “Goth” o “Grunge” o cualquiera sea el estilo de moda. Ese argumento es bastante débil y preferiríamos enseñarles a nuestros hijos a ser individuales a través de su carácter y sus acciones en vez de a través de su grueso delineador de ojos negro.

Pero el problema del ‘código de vestimenta’ es aún más profundo, la segunda razón es la siguiente: ¿Queremos que nuestros adolescentes (y nuestros hijos de todas las edades) se vistan de una forma que refleje sus cualidades internas o sus cualidades externas? ¿Que exprese un sentido interiorizado de dignidad o que sea más superficial y que de cierta forma se falten el respeto a sí mismos? De acuerdo, ¡he adoptado una posición al respecto! Pero incluso si quieren rebatir la solidez de mi argumento, un paseo por los pasillos de la mayoría de las escuelas públicas sugiere que la batalla por la dignidad y el autorespeto se ha perdido.

Y además, quizás estos nuevos códigos de vestimenta, aunque parezcan arbitrarios o confusos, están intentando recapturar valores “pintorescos”. Nosotros queremos que nuestros hijos, niños y niñas, tengan una percepción más profunda de sí mismos que lo que se refleja en el mensaje de sus playeras. Queremos que ellos aprecien lo que el famoso rabino, el Alter de Slabodka, denominó gadlut haadam, la ‘grandeza del ser humano’, nuestro vasto potencial de crecimiento y nuestra capacidad de traer bien al mundo. Y esta visión se ve afectada por nuestro sentido del ‘yo’ el cual a su vez se ve afectado por la ropa que utilizamos.

En un artículo del New York Times, “The Battles Over Dress Codes” (las batallas sobre los códigos de vestimenta), Peggy Orenstein cita un hash tag de Twitter, “No nos digan a nosotras qué ponernos; enséñenles a los hombres a no mirar”. Sentí como si hubiera regresado en el tiempo. Y si bien ella elaboró más profundamente sobre cómo luchar de una forma más considerada contra el problema, el sentimiento inicial me dejó helada, sentí como si hubiese vuelto a mi época universitaria, muchos años antes, en donde esa era la perspectiva feminista típica. Pero al reflexionar más seriamente y con la ayuda de estudios judaicos, el sentimiento fue reemplazado por un reconocimiento más asentado y realista de que nosotros, hombres y mujeres, estamos en esto juntos.

Sí, es verdad, los hombres no deberían mirar (mi esposo le dice a sus alumnos que “la primera mirada es instintiva; la segunda es una elección”). pero nosotras las mujeres también tenemos una elección; podemos hacerles la vida más fácil. Y no es solamente por el bien de ellos, sino que principalmente por el nuestro.

Podemos ser vistas como personas y no como objetos. Podemos ser reconocidas por quienes somos y no por lo que aparentamos representar con nuestra elección de atuendo. ¿No es eso lo que todo el mundo quiere en el nivel más básico? ¿No es eso lo que queremos para nuestras hijas? ¿No es eso lo que deberíamos estar enseñándoles?

En vez de protestar por las políticas de la escuela deberíamos estar agradeciéndoles por hacer nuestro trabajo por nosotros. Y por ahorrarnos gastar dinero en esos diminutos trozos de tela que ciertos fabricantes tienen la jutzpá de llamar ropa…