Un miembro de mi familia trabaja para una gran compañía de servicios de salud. Hace algunos años, otra compañía todavía más grande la compró y decidieron realizar una encuesta sobre la moral de la empresa. Los resultados no fueron demasiado alentadores. La satisfacción laboral de los empleados era muy baja y no consideraban que esa empresa fuera un lugar agradable para trabajar.

Decididos a resolver el problema, elaboraron una estrategia brillante. Cada empleado recibió una taza de café con la frase: “Muchas gracias” y un bono de diez dólares de descuento en Starbucks.

Ya se pueden imaginar cómo eso elevó la moral de la empresa, ¿verdad? (¡Sí, lo digo con sarcasmo!).

Contrasta esto con lo que ocurre con la cadena de supermercados de la familia Wegmans en Estados Unidos, considerados por la revista Fortune en el segundo lugar de su lista de las cien mejores compañías para las cuales trabajar. “Parece que todos están contentos aquí”, dijo su Director General. ¿Por qué? Posiblemente porque, en contraste con la compañía de servicios de salud antes mencionada, Wegmans “manifiesta su apreciación hacia sus empleados ofreciendo flexibilidad en los horarios, posibilidades de ascenso, más de $50 millones de dólares al año en programas de entrenamiento y millones en becas universitarias” (Wall Street Journal).

¡Qué diferencia cuando la gratitud es sincera! Y no sólo en este contexto, sino que en todos los aspectos de nuestras vidas.

Todos los estudios han demostrado que incluso más que la compensación monetaria, los empleados desean sentirse valorados. ¿Acaso eso debería sorprendernos? Muchos pasamos la mayoría de nuestros días dedicados a ganarnos la vida. Obviamente que todos deseamos sentir que alguien lo nota, que alguien aprecia nuestros esfuerzos.

Tengo una amiga que produjo un programa para una gran organización sin fines de lucro. Eso le llevó horas de energía, de preparativos, horas extras no remuneradas. Para ella era un placer hacerlo, pero a veces el dinero es un sustituto de los elogios o por lo menos sugiere que nuestros esfuerzos son valorados. Nadie le ofreció una bonificación, así que ella decidió pedirla. “No estás suficientemente arriba en la ‘cadena alimenticia’ de la organización” fue la respuesta. Poco tiempo después ella abandonó esa organización.

La gratitud, la amabilidad y la valoración no son cualidades que debemos “encender y apagar” cuando entramos o salimos de nuestro lugar de trabajo ni de nuestro hogar. Deberían ser cualidades que intentamos representar a lo largo de nuestros días.

No debemos dar a nada ni a nadie por sentado. Incluso si lo que hace forma parte de las funciones de su empleo, de todos modos debemos decir gracias. Debemos expresar una valoración detallada.

E incluso en el caso de un matrimonio, si se espera que un miembro de la pareja cocine y que el otro limpie (esto es un caso hipotético, ¡puesto que yo tengo que hacer las dos cosas!), sigue siendo apropiado decir gracias y especificar por qué agradecemos. “Después de tener un día tan ocupado, fue muy agradable llegar a casa y encontrar preparada una comida casera”. “Con mis ingredientes favoritos”.

La gratitud le dice al receptor que alguien le prestó atención, que sus acciones cuentan, que es importante. Expresar gratitud convierte a quien habla en una persona que presta atención y a quien le importan los demás. Es pura ganancia.

Las corporaciones lo han aprendido (por lo menos las más exitosas lo han hecho). Ahora, también nosotros debemos aprenderlo.