Los desafíos a nuestras cualidades personales son rápidos y furiosos. Hace poco recibí un beneficio adicional, podemos decir que fue un regalo de Dios por contener mi temperamento, refrenar mi frustración y escoger ser mi “yo” más elevado. No siempre ocurre de esa manera, pero es importante reconocerlo cuando sucede.

Estaba a punto de subir al avión después de un viaje que emocionalmente había sido demandante y agotador. Mis reservas estaban agotadas y no deseaba esa experiencia de “lata de sardinas” que es frecuente en estos días al viajar en clase económica. Para colmo, no sólo tenía un asiento del medio sino que era la zona 5 (los viajeros frecuentes saben a qué me refiero), esa en la que revisan tu equipaje de mano porque ya no hay más espacio en los compartimentos para equipaje. Normalmente eso no me hubiera molestado, pero había empacado más equipaje, así que significaría tiempo extra en el aeropuerto “sin una buena razón”.

Para agravar aún más la situación, acababa de recibir un e-mail de mi editor de AishLatino.com pidiéndome dos artículos. Sabía que al llegar a casa estaría demasiado agotada para escribir, pero tenía miedo que mi asiento inhibiera no sólo mi libertad de movimiento sino también mi habilidad de pensar.

Estaba sumamente nerviosa y comencé a calcular cuánto debería pagar para cambiarme a la clase ejecutiva. ¡La suma parecía incrementarse con cada minuto que pasaba! Me acerqué a la asistente de vuelo y le pregunté si podían cambiarme de clase. En un primer momento ella se mostró optimista, pero como yo había utilizado puntos de una aerolínea diferente, aparentemente era imposible hacerlo. Volví a hundirme en la silla ahogada de tristeza.

Ella quiso ayudarme y me preguntó si estaba dispuesta a sentarme en una fila de la salida de emergencia, conocida porque tiene más espacio para las piernas. “Sí, seguro”, le respondí con ansiedad. Pero parece que eso tampoco era posible. Me resigné a ese asiento al medio e intenté con desesperación no tener un colapso en medio del aeropuerto. Creo que ya mencioné que estaba un poco exhausta emocionalmente.

De repente la oí ofrecerles dos asientos en la fila de la salida de emergencia a una pareja que estaba sentada junto a mí. Me enfurecí. ¡Pensé que no había espacio allí! Sí, ya sé que es demasiado trivial, pero qué puedo hacer. Estaba dispuesta a levantarme y enfrentarla. ¿Cómo pudo decirme que no había lugar y luego dar los asientos a otras personas? Estaba más que frustrada. Estaba lista para decirle un par de cosas, pero prevaleció el sentido común. En ese breve momento fui capaz de elevarme por encima de mis emociones y pensar argumentos que me ayudaran a calmarme.

Quizás ellos necesitaban dos asientos juntos”. “Es más importante tener buenas cualidades”. “Si tienes paciencia, haces un Kidush Hashem”. “Si eres impaciente, te pones en ridículo y profanas el Nombre de Hashem”. Etc., etc. Seguía sintiéndome molesta, pero estaba bajo control. ¡Casi en camino hacia la aceptación!

Ya era casi el momento de abordar y seguían anunciando que el vuelo estaba lleno, por lo que concentré mis esfuerzos en rezar pidiendo que suficiente gente se ofreciera a registrar su equipaje de mano para que yo pudiera subir el mío. Cuando faltaban unos 5 minutos para abordar, la asistente de vuelo me pidió mi pasaje y me imprimió uno nuevo.

“¿Es el mismo asiento?”, pregunté.

“No, no lo es”, me respondió. “De vez en cuando puedo hacer esto y me alegra que esta vez haya funcionado”.

Miré el pasaje: clase ejecutiva, asiento 2F… ¡gratis!

Estaba muy agradecida y muy aliviada de haber logrado controlar mi enojo y mantener mi boca cerrada. No entiendo cómo Dios opera en el mundo, pero sin duda le puedo agradecer. Aunque no puedo decir con certeza que fue una recompensa por no perder el control, estoy segura de que si le hubiera gritado a la asistente de vuelo, ella no habría tratado de cambiar mi asiento y regalarme esa oportunidad en clase ejecutiva.