Todos sabemos que las palabras son poderosas. Podemos usarlas para animar a los demás, para elevar su autoestima y tener un impacto positivo en el mundo. Asimismo, todos conocemos el daño potencial de las palabras insensibles o no pensadas, el dolor a largo plazo que puede resultar de las calumnias y los chismes.

Pero ese no es el único poder que tienen las palabras. Las palabras son descriptivas. Nos ayudan a comunicarnos con los demás. Ellas son nuestras herramientas básicas para la conexión. Entonces, ¿qué pasa cuando te quedas sin palabras o cuando no quedan más palabras para usar?

Una tradición afirma que recibimos cierta cantidad de palabras para usar durante nuestra vida, por lo que debemos ser sumamente cuidadosos respecto a cómo y cuándo las usamos. Ya sea que esto se refiera o no a un número exacto, el mensaje es claro.

Asimismo, podemos usar las palabras de forma abusiva y quitarles su significado. Si a nuestro primer enamorado en la escuela secundaria le decimos que lo amamos, y continuamos usando la palabra amor para cada relación subsiguiente, ¿qué queda para la persona con la que de hecho nos casamos, con la que nos comprometemos y queremos pasar el resto de nuestra vida? La palabra amor perdió su fuerza, su intensidad, su capacidad de profundizar nuestra conexión.

También podemos disminuir el poder de las palabras al usarlas con demasiada frecuencia. Si a cada persona con la que no estamos de acuerdo la rotulamos de malvada, ¿qué palabra usaremos para los Hitler y los Stalin del mundo, para los asesinos en masa, las personas cuyos objetivos y actos son realmente la personificación de las fuerzas oscuras que existen en nuestro mundo?

Parece que nos volvimos demasiado indiferentes, demasiado perezosos respecto al uso de las palabras. No tenemos demasiado cuidado respecto a cuándo y cómo las usamos. No nos enfocamos realmente en su significado; no nos importa usarlas excesivamente. Pero en el proceso, terminamos dañándonos a nosotros mismos, debilitando nuestra comunicación y, en consecuencia, nuestras relaciones.

Ahora tenemos un nuevo problema con las palabras relacionado con nuestra actual pandemia. Nos quedamos sin palabras por la similitud de los días, por nuestro desconcierto continuo, por nuestra constante impotencia.

Cada día hablo con mis hijos a kilómetros de distancia y de líneas telefónicas y decimos alguna versión de "época loca" "¿Quién lo hubiera podido imaginar?" "Yo pensé que las plagas eran para los libros de historia". Cada día me cruzo con mis vecinos cuando salimos a nuestra caminata diaria y nos decimos alguna versión de "época loca" "¿Quién lo hubiera podido imaginar?" "Yo pensé que las plagas eran para los libros de historia". Cada noche dicto una clase por zoom y comenzamos diciendo alguna versión de "época loca" "¿Quién lo hubiera podido imaginar?" "Yo pensé que las plagas eran para los libros de historia".

Estamos desesperados por conectarnos, conmiserarnos, sentirnos menos solos en nuestros desafíos. Pero se nos acabaron las palabras. Cada día reviso las noticias desesperada por encontrar algo bueno y edificante para decir y cambiar la conversación (¡por ejemplo los resultados positivos de la primera fase de la prueba de la vacuna de Moderna!), pero con frecuencia es sólo la misma versión de la conversación ya mencionada (con el agregado de algunas tragedias).

¿Qué nos queda hacer? ¿Qué nos queda decir? ¿Acaso hay alguna palabra o frase nueva por ahí?

Pensé en una solución. Como dije en mi clase anoche, después de pasar por las quejas y lamentaciones necesarias, después de llorar porque volvieron a cerrar California y la luz al final del túnel parece estar todavía más lejos: "Ahora, más que nunca, necesitamos estudiar Torá".

Las palabras que son nuevas, que pueden darnos consuelo, elevarnos y refrescarnos, no vienen de los periódicos, de los medios sociales, ni siquiera de nuestros amistosos y bien intencionados vecinos. Lo que realmente funciona es sumergirnos en las palabras y las ideas eternas de la Torá, las ideas que nunca cambian sin importar cuáles sean las circunstancias externas. Y entonces usar esas palabras, esas verdades profundas, para adquirir sabiduría y profundizar el sentido de nuestra vida, para fortalecer a nuestra comunidad y conectarnos con Dios.

Eso requiere un poco más de esfuerzo que sólo repetir el mantra de "época loca". Requiere un poco más de pensamiento que repetir: "¿Quién lo hubiera imaginado?". Requiere más estudio que comentar: "Yo pensé que las plagas eran para los libros de historia". Pero vale la pena. Porque al focalizarnos en las palabras de Dios tal como Él las expresó en Su Torá, nos elevamos a nosotros mismos y a quienes nos rodean.

Este es el poder verdadero y más profundo de las palabras. Esta es la mejor manifestación del lenguaje. Y el más sagrado. Aquí es donde las palabras brindan las mejores recompensas y el mayor placer. Puede ser que siga comenzando mis conversaciones con las viejas frases, pero espero continuarlas con una discusión de algunas ideas de la Torá que den una forma positiva y cambien mi día y mi actitud. Incluso si vivimos en una época loca…