Estábamos en Starbucks el domingo pasado cuando un extraño se acercó a mi esposo. “¿Usted es judío?”, le preguntó. Mi esposo respondió afirmativamente. “Solamente quería decirle que yo apoyo a Israel y creo en Israel”. Luego murmuró algunas palabras despectivas sobre la administración actual de Estados Unidos y reiteró su apoyo. Nosotros le agradecimos y nos fuimos.

No volveremos a verlo (y probablemente no lo reconoceríamos si lo viéramos) pero él causó una impresión en nosotros. No fue tanto su apoyo a Israel lo que nos afectó, aunque definitivamente estábamos emocionados y agradecidos. No fueron sus simples y sinceros deseos, aunque definitivamente los apreciamos.

Más bien nos hizo detenernos y pensar sobre cómo nos ve la gente. Se nos dice constantemente que las personas nos están mirando, que somos representantes del pueblo judío, que es nuestro trabajo hacer un kidush Hashem, una ‘santificación del nombre de Dios’ en este mundo. Pero estas ideas pueden parecer muy abstractas y remotas.

Cuando camino por la calle, ¿siento realmente que las personas están observándome? ¿Siento acaso que están juzgando mi comportamiento? Yo no, pero creo que debería. Es un privilegio increíble ser parte del pueblo judío. Y es también una responsabilidad increíble. Las personas están mirando. Las personas se dan cuenta. Las personas tienen expectativas. Y nosotros somos sólo humanos después de todo. La presión parece ser demasiado grande…

Empecé a mirar mi ropa. Me había puesto cualquier cosa para llevar a uno de nuestros hijos al aeropuerto. ¿Estaba demasiado desarreglada? Sé que no me puse nada de maquillaje. ¿Había manchas en nuestra ropa? ¿Fuimos sonrientes y amigables? ¿Estábamos en medio de una discusión? (¡No creo!) Tenemos que estar constantemente conscientes de esto. A veces yo estoy realmente en control; estoy enseñando una clase y sé que tengo que verme bien. Pero puedo haber violado mis propios principios y vestirme menos arreglada cuando estaba “saliendo apurada con mi esposo”. Sí, era solamente un trámite. Pero estábamos juntos y yo debiera haber sido más sensible. ¡Ahora tengo que preocuparme de mi esposo y de extraños anónimos!

Y sin embargo nuestra interacción fue muy simple y sincera. Nosotros no nos habíamos comportado de ninguna forma especial, para nada; no fueron nuestras acciones sino la kipá de mi esposo la que nos delató. No habíamos hecho nada particularmente amable para atraerlo o algo particularmente grosero para repelerlo. No tenía nada que ver con nosotros. Pero podría ser. Ciertamente sería agradable (digamos maravilloso) si las personas vieran nuestras acciones y dijeran “Que Dios bendiga al pueblo judío. Mira su preocupación. Mira su consideración”.

Sería maravilloso si las personas me vieran y notaran dignidad, paz interna, una sensación de conocer mi lugar en el mundo y valorar mi relación con Dios. De acuerdo, ¡¿a quién estoy engañando?! Pero una mujer puede soñar, ¿no? Y todos nosotros, todo el pueblo judío, tenemos que compartir esta meta. Todos debiéramos estar conscientes de la impresión y el impacto que tenemos sobre los que están a nuestro alrededor, e intentar hacerlo aún mejor.

Ese modesto hombre cuyo nombre nunca sabré, hizo un buen trabajo de recordarme el tremendo potencial que todos tenemos y la importancia de la mitzvá de kidush Hashem, ser los embajadores de Dios.