Últimamente, sólo tres tipos de personas llaman al teléfono de mi casa: mi familia, vendedores telefónicos y recaudadores de fondos para organizaciones de caridad. Dado que si quiero hablar con los miembros de mi familia, contesto y me arriesgo a hablar con los otros.

Al comienzo siento resentimiento por la pérdida de tiempo, porque dejé de hacer lo que estaba haciendo y corrí a contestar el teléfono. Quizás una de mis hijas en Israel necesita algo. Quizás es uno de mis nietos llamándome de la costa este de Estados Unidos. Quizás es mi hermano o mi mamá. En vez de eso, siento decepción al escuchar una voz desconocida que pronuncia mal mi nombre.

Trato de calmarme. No es su culpa. ¡Ellos no saben que yo estaba esperando la llamada de un dulce niño de 3 años! Ellos no saben que trabajo desde la casa. Podría haber dejado que atendiera el buzón de voz. Podría decirle a los miembros de mi familia que me llamen al celular. Y además, estas personas necesitan ganarse la vida y yo apoyo el hecho de que lo estén haciendo de esta manera.

Respiro profundo y contesto amablemente. “¿En qué te puedo ayudar?”. (¿A quien estoy engañando? No pregunto nada amablemente, “Sí, es Emuna” digo de manera cortante y espero que ellos continúen).

Luego se identifican como los representantes de alguna organización sobre la que nunca he escuchado que tiene base en Israel o en Brooklyn y a la que aparentemente hice una donación de $100 dólares el año pasado. Dado que no reconozco el nombre de la organización, sospecho que esa información es incorrecta, pero trato de mantener una conducta cordial. “Me temo que no puedo ayudarlos este año”, respondo. “Bueno, ¿y que hay de $72? ¿O $54? ¿O $36? ¿O $18? ¿O $10?” preguntan ellos.

Sintiéndome orgullosa de mí misma, sigo respondiendo calmada y pacientemente: “Lo siento mucho pero no puedo ayudarlos este año”.

“Bueno, ¿y qué le parece cargarlo a su tarjeta de crédito? Ofrecen ellos (como niños pequeños que parecen no apreciar que tienes que pagar la cuenta de la tarjeta de crédito, o acaso piensan que es magia cuando cargamos las compras del supermercado a nuestra cuenta). Yo respondo que tampoco puedo. “Bueno, ¿podemos solamente mandarle un sobre y usted donará cuando pueda?”. Sin querer dar falsas esperanzas, rechazo también esa oferta. En ese momento, si tengo suerte, ellos cuelgan. Si no, piensan en otro ángulo más y yo finalmente les cuelgo frustrada, molesta con ellos, pero más que nada molesta conmigo misma por dejar que me moleste.

Es un desafío. Hay muchas causas nobles y no siempre digo que no por teléfono. Pero quiero poder elegir. Quiero poder investigar. Quiero entender qué hace la organización y determinar si es algo en lo que yo creo y quiero apoyar (y si podemos costear el apoyo).

Creo que la tzedaká debiera darse a conciencia (por esto mi oposición a la idea de practicar actos de bondad al azar). Creo que debiera darse metódicamente (¡se podría pensar que estamos hablando de millones de dólares por la forma en la que estoy hablando!). Creo que debiera darse con la debida agilidad, sólo después de investigación y discusión, no en un momento de presión o solamente para que el que te está llamando por teléfono desaparezca. ¿Eso suena barato o insensible? Espero que no.

Cuando nuestro patriarca Yaakov cruzó el río con su familia, él regresó por las pequeñas cacerolas que dejó atrás. Él era cuidadoso con su dinero y sus posesiones. Él detestaba desperdiciar dinero y no era despreocupado ni siquiera por cantidades pequeñas.

Creo que nosotros debiéramos tratar nuestros actos de caridad de la misma manera. Creo que debemos analizar la organización y su reputación, sus gastos generales y desembolsos, sus metas y sus logros. Una vez que estoy satisfecha entonces puedo dar con mano y corazón abiertos. Si me llaman intentaré no ser grosera, en realidad intentaré ser agradable, pero preferiría que me manden un email para tomarme mi tiempo y responder de manera informada. Algunas organizaciones no recibirán esos $10 o $18 dólares de esa forma. Pero otras pueden realmente recibir esos $100.