Tuve el privilegio de salir de vacaciones con mi esposo y dos de nuestros hijos postadolescentes (en otras palabras: ¡verdaderas vacaciones!). Estuvimos en dos hoteles y vivimos dos experiencias muy diferentes.

En el primer hotel, el personal simplemente cumplía sus obligaciones: hacían exactamente lo que tenían que hacer, ni más ni menos. No eran groseros, pero tampoco amistosos. Cuando preguntamos si en la zona había algún buen sendero para caminar, profesaron ignorancia. Resultó que siguiendo el camino desde el estacionamiento del hotel se llegaba a un sendero muy popular y bello.

Nuestra segunda experiencia no podría haber sido más diferente. El personal del hotel no sólo estaba preocupado por el servicio (al punto de presionar por nosotros el botón del elevador), nos ofrecieron consejos sobre los mejores sitios turísticos, los mejores medios de transporte e incluso dónde cargar nafta, sino que además eran muy amigables. Cuando regresamos al final de un largo día nos saludaron como si fuéramos viejos amigos y en broma nos pidieron una porción de nuestra pizza (por supuesto kósher).

Sin ninguna duda el personal del primer hotel no arruinó nuestra experiencia, ni los empleados del segundo hotel “la hicieron”. Pero prestamos atención a lo que ocurría, y esto dio lugar a dos pensamientos.

El más trivial fue la obvia diferencia que hay cuando se manifiesta un poco de simpatía y preocupación. Especialmente cuando uno se encuentra lejos de su hogar, en un medio no familiar. Los primeros nos hicieron sentir extraños, los segundos cómodos.

Pero en un nivel más profundo, esto me llevó a pensar en mi relación con Dios. Tenemos por lo menos dos maneras de relacionarnos con Él, tal como queda demostrado por los empleados de los hoteles.

Podemos ser como los primeros: cumplir con los movimientos, hacer lo necesario para salir del paso, cumplir con nuestras responsabilidades. Incluso de esta forma obtendremos recompensa (en este mundo y en el Mundo Venidero), pero perderemos todo el potencial de la experiencia.

De la segunda forma, obtendremos el placer de cumplir mitzvot, las disfrutaremos al estar involucrados en ellas, y esa alegría profundizará nuestra relación con Dios, Quien reconoce nuestra genuina preocupación por cumplir Su voluntad. Al hacer este esfuerzo adicional de que realmente nos importe, el esfuerzo de hacer lo mejor que podemos (como siempre les decimos a nuestros hijos), tendremos una experiencia exponencialmente mejor en este mundo y en el próximo.

Fueron unas vacaciones maravillosas. Cada lugar ofrecía diferentes oportunidades para apreciar la belleza del mundo de Dios. Disfrutamos en lagos, montañas y sitios históricos.

Pero aprendimos algo más allá de fechas, hechos y personajes. Fuimos testigos de la diferencia entre actuar de forma rutinaria y hacer lo mínimo posible o invertir por completo en cada cosa que haces. Esto ciertamente nos ayudará a llegar a Rosh HaShaná con la perspectiva correcta. Esperemos que también encamine nuestras acciones para el nuevo año.