Una de mis amigas y su esposo tuvieron una pelea grande el otro día, una demoledora y gigantesca pelea; de esas peleas en que las repercusiones reverberan durante días. Creo que pueden haberse roto algunos platos… estuvo fea. Por suerte los niños estaban de visita en casas de amigos.

Cuando se calmaron los ánimos, mi amiga le preguntó a su esposo qué había pasado. “Estoy bajo mucha presión en el trabajo”, respondió él. “Tengo que escuchar a mi jefe con paciencia, sonreírle a nuestros nuevos clientes y tratar a mis empleados con amabilidad y sensibilidad, incluso cuando hacen las cosas mal. Para el momento en que llego a casa, ya estoy completamente agotado. Estoy demasiado cansado para ejercitar auto control y además, ¿por qué debería hacerlo? Esta es mi casa; este es el lugar en donde puedo dejar que todo salga”.

¿Fue esta explicación un consuelo para su agitada esposa?

Ninguna relación en el mundo es más importante que la que tenemos con nuestra pareja. Es el lugar en donde debiéramos tener nuestro mejor comportamiento, no el peor.

¿No es irónico que podemos estar calmados y ser educados con extraños cuya opinión es irrelevante para nosotros y groseros y desagradables con la persona cuya opinión valoramos más?

¿No es un mensaje confuso cuando nos vestimos elegantes para salir a almorzar con nuestras amigas y nos quitamos el maquillaje y nos ponemos una sudadera cuando llegamos a casa? (Esto aplica también para los hombres, ¡no crean que solamente las mujeres tienen que vestirse bien para sus esposos!).

Yo creo que, desafortunadamente, esto refleja una confusión de prioridades y expectativas; prioridades equivocadas ya que ponemos a los extraños y amigos antes que nuestra pareja; y expectativas equivocadas ya que pensamos que el hogar es el lugar para dejar que todo salga.

Seguro que debiéramos tener una sensación de paz y relajo en nuestros hogares. Pero, como demuestra la historia de mi amiga, esto no se logra quitando todos los límites en nuestra conducta.

Solamente a través de mantener una disciplina apropiada podemos crear el tipo de atmósfera que queremos en nuestro hogar y ser un ejemplo para nuestros hijos.

Sí, eso significa que estar en casa también es un trabajo. Esa es la realidad. Ciertamente queremos ejemplificar para nuestros hijos una forma elevada de hablar y de comportamiento. Y normalmente no nos cuesta hacer esto cuando se trata de nuestros hijos; sabemos que ellos no van a beneficiarse de un hogar en donde “todo se deja salir”.

Pero nuestras parejas merecen la misma consideración. Nuestro matrimonio merece la misma atención. Y nuestro auto-respeto demanda que nos elevemos y actuemos mejor, preservando nuestro preciado sentido de dignidad.

¿Siempre tenemos ganas de hacerlo? Por supuesto que no. ¿Es difícil? Seguro. Pero si comparamos cómo nos sentimos con nosotros mismos después de una pelea grande, en donde perdimos completamente el control y dijimos e hicimos cosas de las que no estamos orgullosos versus cómo nos sentimos cuando hemos hecho el esfuerzo para crear un hogar tranquilo y resolver nuestras diferencias de forma pacífica o mantener nuestras frustraciones fuera de la casa, entonces reconoceremos que el esfuerzo vale la pena.

Nuestra casa no es un Club Med. No es un lugar en donde se puede hacer o decir de todo. La Torá sugiere que nuestros hogares deben ser un santuario en miniatura, un lugar de elevación y santidad. Solamente nuestra conducta determinará esto.