Alguien hizo un enorme acto de bondad por mí el otro día. En realidad, la mujer que lo hizo no tiene idea de cuánto significó para mí. El acto no fue demasiado difícil o demandante, y era imposible adivinar cuánto yo lo necesitaba. Sin embargo, para mí fue enorme. Y lo triste es que ni siquiera recuerdo el nombre de la mujer (honestamente, fue una introducción breve y apurada).

Esta es mi carta de agradecimiento a la (casi) anónima extraña. Es también una nota mental para mí y para todos los demás. Podemos pensar que nuestros pequeños actos de bondad, de preocupación, de ayuda, no son nada especial. Puede que ni siquiera nos molestemos en hacerlos porque parecen tan insignificantes.

Pero estamos equivocados. Cada acto de bondad cuenta; cada gesto de preocupación es significativo. Nada es demasiado pequeño; nada pasa desapercibido (al menos no por Dios, que siempre está mirando, ¡incluso si algunas personas son malagradecidas!).

Esta es mi historia. Tenía que tomar un vuelo de último minuto a Nueva York con una de mis hijas para lidiar con una situación particularmente difícil. Dado que fue algo repentino, no solamente utilizamos cada milla acumulada que teníamos, tenemos o tendremos en el futuro, sino que además teníamos pocas opciones en términos de vuelos. Tomamos el vuelo de las 6:30 a.m. el domingo en la mañana (tuvimos que dejar nuestra casa a las 5:00 a.m.) y un vuelo similar a casa dos días después. No me estoy quejando, solamente estoy describiendo la escena.

El día del medio —el lunes—, también era un día largo que involucraba viajes considerables, cargar bultos y lidiar con la particularmente desafiante (y si puedo agregar ¡estresante!) situación mencionada anteriormente, la cual se resolvió de forma positiva ¡gracias a Dios! Después de este difícil día (¿mencioné que además estaba lloviendo?) mi hija y yo llegamos a la estación de trenes cerca de donde nos estábamos quedando (la casa de mi amiga, otro ejemplo de amable bondad) alrededor de la medianoche.

Llamé a la compañía local de taxis y ellos dijeron que habría una espera de 25 minutos para el próximo taxi disponible. ¡A medianoche! ¡En la estación más desierta! Cuando estaba totalmente exhausta y aún tenía que empacar y dormir algo antes del vuelo a la mañana siguiente.

Sentí como se empezaban a acumular las lágrimas en mis ojos. Pero era la madre y tenía que ser fuerte.

Antes de que mi ansiedad tuviera oportunidad de convertirse en total desesperación, se acercó un auto a la estación, una minivan conducida por una mujer ortodoxa. Vi a dos niños corriendo hacia ella.

Me acerqué para preguntar por el número de una compañía alternativa de taxis pero apenas las palabras salieron de mi boca ella me ofreció un aventón.

No dudamos ni siquiera un segundo antes de entrar. Estábamos taaaaan agradecidas. En un abrir y cerrar de ojos, una situación sombría se transformó en un momento de esperanza, consuelo y alivio.

No conversamos realmente (¡quizás por eso olvidé su nombre! O quizás fue solamente mi agotamiento. O mi edad avanzada…). Ella estaba ocupada escuchando el relato ansioso y entusiasta de las aventuras del día de sus hijos.

Pero no importó. Ella ya había hecho su acto de bondad. El aventón fue todo. Y sí, ella incluso se desvío un poco de su camino. Pero esa no fue la esencia de su bondad. Fue su oferta inmediata lo que hizo la diferencia. Como dije, no fue un gran esfuerzo para ella, pero sí fue una gran ayuda para nosotras. ¡Gracias!

Todos deberíamos buscar pequeñas formas de ayudar. ¡Apenas podemos imaginar lo mucho que cuentan!