Me enorgullezco de ser paciente, especialmente cuando manejo. Pero mi orgullo era previo a mi caída.

Estaba en un embotellamiento de tráfico. Esperaba con impaciencia que los autos comenzaran a moverse, impaciente con los otros conductores, incluso impaciente con los semáforos y las señales de tráfico. De repente el auto que iba adelante se detuvo.

Empecé a murmurar en silencio, y cada vez subí más el tono de mi voz. ¿Qué pasa? ¿Por qué no nos movemos? ¡Tú nos retrasas a todos! (¿Soy la única que tiene la fantasía de tener un megáfono para decirles a los otros conductores que en verdad yo soy la única con derecho a pasar?).

Tamborileaba mis dedos sobre el volante y mi enojo iba incrementando. Entonces entendí lo que pasaba. El conductor de adelante se había detenido para dejar que un auto que iba en la dirección opuesta doblara a la izquierda y entrara en un estacionamiento. Él hizo un acto de bondad. Yo, claramente, no.

Lamento decir que esta no fue la primera vez que ocurrió algo así. A menudo no vemos que hay personas cruzando la calle y nos preguntamos por qué los autos no avanzan. Todavía peor, a veces intentamos pasarlos e ir más rápido y en el último minuto descubrimos que pusimos a un peatón en riesgo.

Estas no son sólo lecciones sobre el peligro del orgullo, aunque daieinu, eso ya sería ‘suficiente’. También son un recordatorio de que debemos juzgar para bien.

Sí, hay personas que conducen mal, conductores imprudentes y conductores egoístas y tenemos que manejar a la defensiva. Pero no siempre es así.

No siempre están equivocados. No siempre son egocéntricos. A veces (en sentido figurado) están ayudando a esa viejita a cruzar la calle.

Quizás manejan mal y debemos tener cuidado, pero tenemos que cubrir esa falencia con una actitud positiva. Tenemos que suponer lo mejor y al mismo tiempo, conducir con ojos en la nuca.

Porque sin importar cómo conduce otra persona, si somos pacientes y juzgamos para bien, simplemente tendremos un mejor día. Y en el proceso nos convertiremos en mejores personas.