El distanciamiento social y las mascarillas hacen que nuestras relaciones sean más complicadas. Antes de esta nueva y extraña experiencia, podíamos conectarnos con los demás y expresar nuestros sentimientos con abrazos y otras formas de afecto físico. Y aunque a veces se abusaba de eso, definitivamente nos ayudaba —en particular a las mujeres— a afirmar nuestras amistades. Permitía que cada una sintiera que alguien la quería y que se preocupaba por ella, afirmaba la conexión y la comprensión que surge de las relaciones cercanas.

El distanciamiento social cambió todo eso. Agreguemos a esto el hecho de que las mascarillas a menudo impiden que la otra persona escuche bien lo que se dice y nuestro mundo social se ve sumido en la confusión. Las reuniones (incluso pequeñas, aprobadas por el ministerio de salud y por el gobierno) se convierten en un motivo de frustración e incomodidad contrario a la amistad y la unidad.

¿Cómo podemos navegar estas aguas potencialmente tormentosas? En verdad no contamos con ningún manual que hable de esta nueva realidad...

¿O quizás sí lo tenemos? Me parece que podemos tomar una página de las leyes de pureza familiar del judaísmo. Cada mes, durante aproximadamente dos semanas, una pareja casada observante de la Torá debe mantener su relación sin ningún contacto físico. De hecho, se trata más que de mantener la relación, se trata de hacerla florecer. ¿Cómo se logra esto?

Es necesario que la pareja esté comprometida y sea creativa. Tenemos que pensar en nuevas formas de comunicarnos que no involucren el contacto físico. Tenemos que pensar en actos y palabras que transmitan la profundidad de nuestro cariño sin recurrir a un rápido abrazo. Tenemos que ser creativos, encontrar palabras, tarjetas, poemas, juegos, tazas de café compartidas, libros para leer juntos, Torá para profundizar… diferentes maneras de conectarnos cuando lo físico está fuera de nuestro alcance.

Un abrazo, un beso, una caricia, definitivamente son maravillosos. Pero a veces pueden ser la forma más simple de salir del paso. No tengo que pensar en las palabras que describen exactamente lo que esta relación significa para mí; simplemente le doy un abrazo. No tengo que encontrar una forma de transmitir cuán importante es para mí este ser humano, simplemente aprieto su mano. No tengo que encontrar otra forma de conectarme porque es muy fácil sumergirme en lo físico, pero eso hace que mi relación sea más pobre, menos amplia, menos expansiva, menos desarrollada, menos interesante.

Hace poco salí por primera vez desde marzo a un evento social/espiritual. Definitivamente fue incómodo y confuso. ¿Cuán cerca podíamos sentarnos? ¿Podía entrar a buscar comida? ¿Me dejaba la mascarilla puesta o no? ¿Podía pedirle a todo el mundo que hablara más fuerte porque la mascarilla bloqueaba su voz? ¿Dónde podía comer, porque obviamente para eso tenía que sacarme la mascarilla? Tuve que pensar en cada cosa, todo era una negociación, y tuve que utilizar un nuevo set de modales sociales. No fue fácil y extrañé esos días sencillos y despreocupados antes del COVID-19.

Pero la segunda vez fue más fácil y descubrí una nueva intimidad que se lograba a través de nuestras conversaciones, porque todos teníamos que esforzarnos para escuchar, todos teníamos que prestar atención para entender. La gente elige sus palabras con más cuidado, se utilizan palabras que no nos avergüenza repetir si tenemos que volver a decirlas en voz alta y tomamos más conciencia de la fragilidad de nuestras vidas y de nuestras relaciones. Cada aspecto de una reunión social —desde la comida hasta la decoración y la lista de invitados— se revisa con más cuidado para minimizar el riesgo y maximizar la experiencia.

Rezo y espero que muy pronto haya una vacuna que ponga fin a esta pandemia. Pero esta es una oportunidad para crecer en nuestras relaciones, para desarrollar aspectos nuevos y más profundos. Espero que mucho después de que haya desaparecido este virus, las nuevas formas de comunicación sigan vigentes.


Foto: Forest Simon, Unplash.com