El padre de mi amiga era una celebridad, extravagante y más grande que la vida misma. Así que me sorprendí particularmente cuando escuché el consejo que él le dio a mi amiga (hace ya casi 60 años) cuando comenzó a salir en citas. “No reveles nada en la primera cita. O en la segunda. O en la tercera… mantén una sensación de misterio”.

Esto tocó una fibra sensible en mí y me alertó sobre otra cualidad positiva más que hemos perdido en nuestra sociedad de “revela todo” (preferiblemente a un gran número de personas de manera simultánea).

Una constante sensación de descubrimiento hace que la vida sea interesante, hace que los trabajos sean estimulantes y mantiene a los matrimonios vibrantes. No queremos sentirnos como que ya sabemos todo lo que hay que saber y que cada día es igual al anterior, como si fuera una versión real de la película de Bill Murray, El día de la marmota. Si revelo todo —en Facebook, en mi conversación inicial, en una memoria escrita—, entonces me estaré robando —tanto a mí misma como a aquellos con quienes tengo una relación— la oportunidad de descubrir quién soy yo. Ellos ni siquiera tendrán la motivación de conocerme, pues todo ya está expuesto ante sus ojos.

Quizás esa es la razón de por qué Dios durmió a Adam cuando creó a Eva. Él quería mantener una sensación de misterio. Adam no estuvo ahí para ver cómo era creada su esposa de carne y hueso, sangre y músculo.

Mantener este misterio requiere dos cosas. Requiere de un constante aprendizaje y crecimiento —para que haya algo nuevo regularmente—, y requiere que no compartamos todo con todo el mundo. Nadie ni nada se siente especial cuando está publicado para que lo vean tus 500 amigos. Ser uno de 500 no sólo destruye todo el misterio; ¡también destruye toda sensación de amistad!

Ser misterioso también puede requerir ser discreto, vivir de forma simple. El padre de mi amiga era extremadamente millonario, pero vivía en una casa muy modesta y conducía un station wagon (¡las minivans de antaño!). Esta era una decisión consciente de no ser presumido con sus riquezas frente a todo el mundo, y lo hacía para enseñarle a su familia cuáles eran sus verdaderos valores y para enfatizar esta idea de no exhibir las riquezas que uno tiene.

Al igual que la vergüenza, la modestia, la privacidad y la discreción, el sentido del misterio se ha perdido. En un claro ejemplo de esto, hay gente que viste en la calle ropas que antes estaban reservadas sólo para la playa o para el cuarto. Y, como ocurre con el resto de nuestras vidas, esta falta de misterio tiene un precio. Hace que nuestras vidas íntimas sean menos privadas, menos excitantes, menos misteriosas… y temo decir, menos especiales.

No creo que esto sea algo consciente. No creo que la mayoría de las personas se den cuenta de lo que están perdiendo. Y eso es muy triste. Pero quizás si todos intentamos poner de vuelta un poquito de misterio en nuestras vidas, si intentamos no revelar todo —con nuestra ropa o con nuestra boca—, comenzaremos a apreciarlo y volveremos a inyectar algo del misterio original a todas nuestras relaciones.