Al final de unas maravillosas vacaciones, nuestro vuelo fue retrasado. Estuvimos sentados dentro del avión, en tierra, por dos horas. Para empeorar las cosas, abordamos temprano, así que eso agregó otros 45 minutos (sin mucho aire fresco debo agregar) a nuestro tiempo de espera. Estábamos cerca de la parte trasera del avión, la cual era bastante pequeña, y me sentí claustrofóbica.

Comencé a despotricar. “Esto no está bien. Esto no es responsable”. Puedes imaginar todas las frases que pasaban por mi cabeza. Hubo actualizaciones del piloto cada 10 minutos, donde básicamente nos hizo saber… bueno… nada en realidad. Status quo. Seguíamos sentados y esperando.

Finalmente hubo una sugerencia de que, si las cosas no se empezaban a mover en los siguientes diez minutos, seríamos remolcados a la puerta del aeropuerto y saldríamos del avión. Incluso eso sonaba mejor que seguir donde estábamos. El remolque comenzó y luego se detuvo y finalmente el avión despegó. Tiempo total de viaje: 12 horas. (¡El vuelo normal dura 6!)

Sí, fue frustrante. Sí, estábamos agotados. Sí, estábamos hambrientos, pero estábamos en casa. Estábamos a salvo. Y habíamos disfrutado unas maravillosas vacaciones. ¿Iba a dejar que la experiencia negativa del vuelo de regreso a casa arruinara todo el viaje?

Y, como estoy segura de que mis lectores me informarán, en cuanto a experiencias negativas con aerolíneas, esta está lejos de ser la peor (de hecho, he tenido yo misma algunas que hacen que esta sea bastante leve).

Tenía que reorientarme. Tenía que aferrarme a las imágenes y a los recuerdos de todas las actividades divertidas: andar en bicicleta, kayak, navegar, los hermosos amaneceres, mis hermosos nietos, y no dejar que lo que fue una molestia trivial arruinara todo. Respiré profundo, tomé mi teléfono para deleitarme en los colores de ese temprano amanecer (5:12 am, pero quien está contando) y la paz descendió una vez más.

La vida está llena de molestias, la mayoría son insignificantes y triviales, la mayoría son finalmente irrelevantes. Sin embargo, les damos poder. Dejamos que afecten nuestro humor, nuestras relaciones, nuestra experiencia de vida. Tenemos que adquirir perspectiva.

Cada trabajo tiene su monotonía y cada momento maravilloso tiene un costo. Desde nuestra ciudad podemos manejar hasta el mar (¿Cómo puedo quejarme? ¡Algunas personas tienen que volar para llegar! ¡Nuestra mayor molestia es encontrar un estacionamiento!). Las mujeres tenemos que soportar nueve meses de embarazo y el dolor del trabajo de parto para tener un hijo. Y eso es sólo el comienzo…

Tenemos que ahorrar nuestros centavos para ir de vacaciones y tenemos que atravesar líneas de seguridad en los aeropuertos y soportar los retrasos de los vuelos y mucho tiempo de traslado de ida y de vuelta desde los aeropuertos para alcanzar la experiencia que deseamos. Nuestros trabajos pueden requerir trabajo duro. Nuestra asistencia médica requiere que llenemos interminables formularios, pero es ciertamente un precio que pagaremos para poder estar sanos.

El verdadero error está en esperar algo diferente. Si esperamos que todo sea “sin molestias”, entonces viviremos casi en un constante estado de frustración y decepción. Pero si reconocemos que todo lo que vale la pena tiene un costo, requiere esfuerzo y no llega fácilmente (ni siquiera hablé de matrimonio), entonces no nos sorprenderemos cuando nos ocurra a nosotros.

Nos quitaremos el polvo y nos prepararemos para la batalla con cualquiera sea el desafío del momento, mientras nos recordamos del gran beneficio por el que estamos trabajando, de cómo ese viaje, relación, trabajo, hijo, lo que tu digas, vale el precio que estamos pagando.