Hay una cierta aerolínea, mejor no mencionar el nombre, que nunca volveré a utilizar, sin importar cuán baratos sean los pasajes. El nivel de incompetencia que demostraron al dejar pasajeros sentados en la puerta de embarque por cinco horas y media —se suponía que era una corta escala— para luego informarles que el vuelo había sido cancelado, fue impactante. Además, después hubo una fila de dos horas para darle a la aerolínea una dirección donde entregar las maletas porque, a pesar del congelado clima, ellos no pudieron sacarlas del avión.

En ese momento todos los trenes se habían ido de la estación y un viaje de dos horas en taxi era nuestra única opción para llegar a nuestro destino. Considerando todo, nos tomó —desde que dejamos mi casa a las 5 a.m. para llegar a un vuelo a las 6:30 a.m.— 17 horas viajar desde Los Ángeles a Nueva York. ¿Mencioné que mi abrigo, botas, guantes y orejeras estaban en esa maleta que la aerolínea no pudo bajar del avión? De hecho, les tardó un día y medio hacerlo. ¿Alguien sabe cómo es el clima en invierno en Nueva York? ¡Yo sí! Pero no estoy escribiendo esto para quejarme (y estoy segura que muchos de ustedes tienen historias de terror con aerolíneas que son peores que la mía) sino para compartir dos observaciones de la experiencia.

Estaba viajando con una de mis hijas y, aunque hubo momentos en que el agotamiento inundaba y las lágrimas amenazaban, me las arreglé para mantener la compostura. No todos lo lograron y hubo muchas personas frustradas y enojadas a mí alrededor, ¡con una ferocidad particular dirigida hacia cualquiera que osara colarse en la fila! Yo no atribuyo mi calma y paciencia a ninguna fuerza de carácter particular, sino a dos fuerzas externas.

La primera fue la presencia de mi hija. Aunque ella no es una niña, aún así sentí la presión de dar el ejemplo y ser el “adulto” de la situación. Yo quería guardar la compostura para que ambas pudiéramos enfrentar la situación con (relativamente) buen humor. Cuando alguien está contando con nosotros, podemos estar a la altura de la situación. Una parte significativa de ser padre es ser un buen actor, de decirles a tus hijos que no tengan miedo y que todo estará bien incluso cuando tú estás temblando internamente. Aunque esto no estaba en el nivel de una experiencia traumática, aún así pude utilizar esas bien desarrolladas habilidades de actuación. Todos tenemos esta habilidad cuando ponemos las necesidades de otro por sobre las nuestras.

El segundo componente fue el hecho que no estaba sola, no solamente estaba con mi hija, sino que estaba con muchos otros pasajeros de mi vuelo y de varios otros vuelos, que experimentaban circunstancias similares. No es tanto que “a la miseria le gusta la compañía”, sino la sensación de que no era algo personal. Yo no estaba siendo únicamente seleccionada y afligida. Yo no había tomado alguna mala elección que había desencadenado estos eventos. Era simplemente parte de la realidad de la vida moderna y habíamos varios en el mismo bote.

Eso nos dio consuelo e incluso una habilidad para reírnos de la ridiculez de la situación, ¡me refiero a los que no estaban gritando! (“es un pasaje sin reembolso así que no podemos compensarle”, dijo el empleado).

Esta fue también una lección que pude extrapolar a la vida. Cuando pensamos que nuestra pareja es especialmente despistada o que nuestros hijos son especialmente difíciles o que las luchas de nuestra vida son tanto más grandes que las de cualquier otra persona, podemos sentirnos perseguidos y resentidos, pero cuando reconocemos que es la condición humana la que afecta a todos (no obstante de formas diferentes), nos calmamos y fortalecemos. Por supuesto que el nivel más alto es reconocer la oportunidad de crecimiento inherente en cada desafío ¡y finalmente estar agradecido por eso!

Dado que nuestras maletas se retrasaron tanto, nos vimos obligadas a ir de compras (¡maldición!). Corrí diez cuadras en temperaturas de -10°C a la tienda de liquidación más cercana para comprar un abrigo (en realidad mejor que el que traía en la maleta) y unos guantes que hicieron el día siguiente soportable, incluso si tenía puesta la misma ropa con la que había volado y además dormido. Más tarde en la semana le estaba contando nuestra historia a una amiga de esa ciudad. “¿Por qué no me llamaste?”, me preguntó. “Yo te hubiera llevado abrigos, guantes, botas, de todo, a tu hotel”. Y yo sé que lo hubiera hecho. ¿Había algún rasgo de independencia en mí que me impidió llamarla? ¿Algún aspecto de martirio? ¿O solamente la esperanza de un buen blog?

Pero aquí estaba la lección numero tres. Yo no estaba sola y debería haber buscado ayuda. No hay ningún mérito en “ser rudo” cuando no es necesario y, más todavía, la privé a ella de la oportunidad de ayudar. ¿Por qué estoy tan segura de eso? Porque todos tenemos ese instinto. Si el zapato estuviera en el otro pie, yo habría corrido a ayudarla. ¿Acaso tenía que probar algo? (¡¿O simplemente quería un abrigo nuevo?!).

Al final por supuesto, estos (pequeños) esfuerzos agregaron a la sensación de aventura y no desvalorizaron el viaje. De hecho lo realzaron ¡porque lo que eran unas simples vacaciones se convirtieron en una oportunidad de crecimiento!