La casa en la que vivo tiene 84 años. Tiene buenos huesos pero el piso de madera en el salón y el comedor estaban desgastados hasta los cimientos (o los clavos por así decirlo). Ya no había restauración posible. Tenían que ser remplazados.

Tan sólo la idea de sacar todos los libros de los estantes y la vajilla de los armarios era tan intimidante que seguía posponiendo el proyecto.

Pero a medida que nuestros zapatos comenzaban a engancharse en los clavos expuestos y las migas comenzaban a juntarse en las múltiples grietas y hendiduras, supe que no podía seguir retrasándolo. Tenía que pasar el tormento.

Se convirtió en una oportunidad de purgar nuestra biblioteca, de donar varias copias de ciertos ítems y de deshacernos de varias compras mal asesoradas.

Cuando el nuevo piso estuvo finalmente terminado y los libros regresaron a sus estantes, el efecto fue impresionante, mucho más ordenado y mucho más atractivo. Era un placer.

Y aún lo es. Pero eso fue hace meses. Y mi obsesión con el piso apenas ha declinado.

Entremedio de enseñar y escribir y otras obligaciones profesionales, entremedio de compras y ropa sucia y cocinar y tiempo con mi esposo y mis hijos, estoy de rodillas puliendo el piso.

Cada marca tiene que salir, cada miga tiene que ser extirpada, toda esa cosa negra pegajosa (¿existe un término más científico? Y además, ¿de donde salió?) tiene que ser removida.

El trabajo apremia, mis hijos casados me llaman por teléfono desde lugares lejanos pero yo estoy ocupada fregando (no demasiado duro por supuesto. ¡No quiero estropear el brillo!).

Hemos estado en esta casa durante 26 años, 25 de ellos con el piso viejo, el que apenas notaba y atendía. Y mi vida estaba bien.

Es difícil alcanzar un balance entre cuidar las cosas nuevas y estar obsesionado con ellas. El piso ahora está rayado así que puedo relajar un poco mi vigilancia. Pero dos marcas nuevas me están distrayendo...

Estoy intentando desesperadamente obtener un poco perspectiva. ¡Es solamente un piso! ¡Es para caminar sobre él!

Hay personas con las que debo reunirme y necesidades familiares que debo atender. Tengo clases que preparar y alumnas esperando. En la lista de prioridad de las cosas, este piso es realmente irrelevante.

El Talmud enumera muchas cosas que nos preguntarán cuando lleguemos al Mundo Venidero, si Dios quiere, después de 120 años: preguntas sobre ética en los negocios, sobre utilizar bien nuestro tiempo, sobre cómo tratamos a nuestros seres queridos, etc., pero nada sobre nuestros pisos de madera, ¡nuevos o no!

Voy a dejarlo atrás y seguir adelante. Incluso voy a dejar que esas marcas negras se queden ahí hasta mañana (bueno quizás sólo hasta el final del día). La vida es demasiado corta para perder tiempo en los pisos. Hay demasiadas cuestiones urgentes —personales y comunitarias— que atender. Nadie me recordará por mi piso.

Así que de regreso al trabajo, al estudio y al crecimiento. Aunque no me importaría restaurar también el piso del pasillo para que sea igual al de la entrada de la casa…