Se lo puedo atribuir a mi falta de educación, pero antes de leer el obituario de Michael Collins, escrito por su compañero de tripulación, Buzz Aldrin, yo no tenía idea de quién era.

Collins fue un astronauta que orbitó la luna solo (30 veces) esperando pacientemente que Aldrin y su más famoso compañero de tripulación, Neil Armstrong, regresaran al módulo de comando para volver a la tierra. Él no llegó a caminar en la luna, no pudo pronunciar esas famosas palabras ("Un pequeño paso…"), pero todo eso no hubiera sido posible sin él.

Como lo expresó Buzz Aldrin: "Nadie es más responsable de nuestro éxito, permitirnos salir y traernos de regreso a casa, que Mike". Él no obtuvo la fama, el reconocimiento ni el honor. Pero él hizo que fuera posible.

Yo no reconocí su nombre, no sólo porque Michael Collins no tenía las cámaras y los ojos de todo el mundo enfocados en él, sino porque él no lo deseaba. Collins poseía esa rara pero deseable cualidad de la humildad. Esta no es sólo mi teoría. También sus amigos y compañeros de tripulación piensan lo mismo. "Él estaba enfocado en la misión, el equipo, la nación y el viaje, y menos en sí mismo". En un mundo de selfies y donde cada uno sube sus propios videos a YouTube, esto parece algo especialmente extraordinario.

La tripulación del Apollo 11: Neil Amstrong, Michael Collins y Buzz Aldrin

Este obituario me conmovió porque sentí que en cierta forma resumía mis propias aspiraciones. Hay demasiadas tentaciones para ser "famoso", honrado, reconocido, pero es demasiado destructivo para nuestras almas. (Como una buena herramienta para trabajar la humildad, yo recomiendo mudarse a una ciudad o un barrio nuevo, donde no conozcas a nadie y nadie te conozca). Hay un fuerte deseo de ser el líder y recibir el reconocimiento público en vez de hacer calladamente lo que hace falta hacer detrás de las escenas.

Por supuesto que hay situaciones que requieren un liderazgo y quienes cuentan con las calificaciones adecuadas deben subir al escenario, pero escucho demasiadas situaciones en las que los que "suben al escenario" están tan ocupados recibiendo los aplausos que en verdad no hacen nada y confían en otros que se hacen cargo de la tarea.

De todos modos, incluso con las motivaciones más sinceras, es crucial salirnos de la mirada pública y, como Collins, enfocarnos en la misión y en el equipo. Lamentablemente esto frecuentemente no ocurre.

La Torá enseña que el mundo se mantiene por los actos de 36 personas justas que están ocultas. ¿Por qué están ocultos? Si ellos sostienen al mundo, ¿no deberíamos saber quiénes son? ¿No queremos agradecerles y aprender de ellos?

Entre las muchas razones que existen para su anonimato, yo creo que la falta de reconocimiento es la naturaleza crucial de esta cualidad de la humildad. A pesar de todos los potenciales beneficios que podríamos tener el resto de los humanos si ellos estuvieran expuestos y pudiéramos incrementar nuestro contacto con ellos, el riesgo es demasiado grande. Es demasiado fácil dejarse llevar por el honor, incluso un poquito. Es demasiado fácil dejarse llevar por el ego, permitirle que nos confunda y distorsione nuestro comportamiento. Por eso ellos permanecen ocultos y tal vez esa es la verdadera lección y el verdadero objetivo.

Todos sabemos que es mejor dar de forma anónima y no tener nuestro nombre grabado en edificios e invitaciones a banquetes. Es mejor estar ocultos, hacer lo que hace falta hacer en silencio y sin fanfarrias. Es mejor dejar que otros reciban los elogios y los aplausos. En vez de sentirnos a veces frustrados por no recibir el reconocimiento que merecemos, deberíamos estar agradecidos. ¡Nos salvaron del desafío de nuestro ego! (de acuerdo, tal vez aquí exageré un poco).

Tal vez fue por mi ignorancia que no reconocí el nombre de Michael Collins, pero también es cierto que él no recibió el honor y la fama que tuvieron Buzz Aldrin y Neil Amstrong. Al leer su obituario pensé que él estuvo contento de que así fuera. Es una actitud que todos deberíamos aspirar a emular.