Lo reconozco: últimamente estuve muy odiosa. Siempre me emocionó la perspectiva judía del tiempo, la importancia de utilizar al máximo nuestros días y la tragedia de “matar el tiempo”. Regaño a mis hijos cada vez que dicen: “¡relájate!”, e insisto en que deben borrar esa idea de sus mentes y de su vocabulario. Soy famosa por alentar a mis alumnas a esforzarse todavía más para aprender y crecer, y por recordarles que descansaremos cuando estemos muertos.

No es que estas ideas sean erróneas, pero pienso que es posible que haya exagerado… Sobre todo porque me enteré que esa mujer que disfruta estar “relajada” no quiere venir a mis clases. Quizás tengo que revisar mi estrategia.

De todas formas, al transmitir esta idea siempre alenté a los demás a prepararse para aquellos momentos en los que uno tiene que esperar, ya sea a una amiga que llega siempre tarde (incluso cuando intentas engañarla para que llegue 15 minutos antes), en la fila del banco (especialmente cuando entrenan a un nuevo cajero), o en el consultorio del médico (¿Por qué está bien que ellos nos hagan esperar pero que cuando nosotros nos retrasamos perdamos nuestro turno?). Aunque es divertido leer la revista People y enterarse de lo que ocurre en el mundo, es posible aspirar a algo un poco más elevado.

Podemos descargar libros a nuestra app de Kindle o, en un acto muy retro, llevar algún "libro real". Podemos estudiar. Podemos pensar. Podemos planificar algo lindo para hacer por nuestra pareja, padres, hijos o amigos. El punto es no sentirse atrapado, perdido, aburrido e improductivo. Hay muchas cosas que podemos hacer.

A pesar de esto, cuando atrasaron mi vuelo 1 hora, luego 2, 3… finalmente 8 horas, y me encontré atascada en el aeropuerto, fui completamente incapaz de enfocarme. Parecía completamente imposible hacer algo productivo.

Quizás era el ruido constante, los anuncios por altoparlante que interrumpen la línea de pensamiento o el ajetreo de las multitudes. Tal vez fue la ansiedad respecto a si nuestro vuelo finalmente partiría ese día. ¿Llegaríamos a tiempo para tomar el último ferry a nuestro destino? De lo contrario, ¿nos quedaríamos atrapados en algún lugar sin comida kósher? ¿Debíamos cancelar el viaje y regresar a casa?

Quizás fue solamente pereza. O inercia. O el aire viciado O mi agotamiento.

En verdad no importa. Porque cualquiera sea la excusa, no pude vivir de acuerdo con el estándar que había fijado. Fue una cachetada que me hizo bajar a la realidad. De hecho, fue humillante.

Pero no todo está perdido (eso espero). Ahora puedo sentir más compasión por mis alumnas. Puedo dejar de actuar como un ser superior y compartir mi camino con ellas. Puedo ser más empática con sus luchas y reconocer la mía. Me recordó que no debo juzgar y me ayudó a reconocer que no siempre nos comportamos como nos gustaría pensar que lo haríamos.

Todavía deseo aprovechar al máximo mi tiempo en esta tierra, y quiero alentar a otros a hacer lo mismo. Me sigue pareciendo que la idea de “matar el tiempo” es un anatema. Todavía deseo prohibir la palabra “relajarse”…

Pero todos tenemos que movernos un poco más lento en esa dirección. También yo. El verdadero crecimiento es un proceso largo y arduo. El mío también…